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Sumar divide

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La búsqueda del desarrollo sostenible a través del manejo integrado del territorio es una de las apuestas más interesantes de las ciencias ambientales contemporáneas.

Pero en una sociedad fracturada y fragmentada, que no entiende el funcionamiento de los ecosistemas porque no logra salir de su perspectiva individual, tiene el efecto contrario: cada quien busca sobrevivir o poner su granito de arena y acaba contribuyendo a un mundo de ecoeficiencias subóptimas.

La suma de granjas autosuficientes, hay que repetirlo, es la peor alternativa para la producción de alimentos. Todo lo más, produce un equilibrio territorial mediocre donde ni hay comida ni seguridad ni gestión de la biodiversidad y de sus contribuciones a la sociedad a largo plazo: la entropía de cada unidad se encarga de garantizar su dilución.

Incluso en conservación sabemos que las áreas protegidas, por grandes que sean, no garantizan la perpetuidad de las especies y los procesos que llevaron a su creación, de ahí que se esté fraguando una revisión profunda de las políticas de ordenamiento para que la biodiversidad sea protagonista en todos los paisajes del país, sean campesinos, indígenas o afro, urbanos o industriales, silvestres o transformados.

Sumar cuerpos sanos no produce una sociedad sana, a lo sumo una maratón divertida. Tampoco sumar árboles produce un bosque, ni sumar empresas una economía.

Sumar pozos de petróleo con licencias aprobadas no garantiza sostenibilidad, tampoco mil microcentrales hidroeléctricas: lo pequeño no siempre es hermoso, ni todo aleteo de una mariposa andina se siente en Beijing; mitos desastrosos si no se considera su contexto. La suma de trinos no produce un discurso…

La sostenibilidad requiere un sistema de relaciones e intercambios, la existencia de gradientes espontáneos o construidos, la consideración de puntos focales que operen como fuentes y de otros como sumideros y con ello la existencia de un gobierno que los gestione en las escalas relevantes.

La suma de municipios “verdes” no hace un país próspero, todo lo más, medievalmente estable, por ello la innovación social y tecnológica es vital para actualizar las reglas del juego en temas como el manejo forestal, pesquero o agroalimentario, capaces de garantizar la persistencia a largo plazo de la funcionalidad del bosque, de la ciénaga o de la finca.

Uno de los nudos del ambientalismo contemporáneo sigue siendo su interpretación limitada de la ecología y los procesos sociales globales, a los que enfrentan resistencias locales sin consideración suficiente de las relaciones intersectoriales.

Uno de los desamarres sería trabajar los Objetivos de Desarrollo Sostenible con rigor, identificando las contradicciones y oportunidades que se producen en el contraste de unos con otros a las escalas pertinentes, pues es cierto que hay decisiones que implican escoger entre varias opciones desde el punto de vista social o económico.

“El pequeño libro de los paisajes sostenibles” (2015, The Global Canopy Programme) identifica elementos críticos del manejo integral del territorio y deja de lado lemas y mensajes convencionales, cuestiona lugares comunes y salta por encima de la falta de realismo que acompaña muchas de las propuestas que se mantienen dentro de la arcaica dicotomía entre desarrollistas o ambientalistas. Recomendado…

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