ANALISTAS

Sembratón
lunes, 2 de marzo de 2020

Más columnas de este autor Brigitte Baptiste

Dice con razón la profesora de la UN Dolors Armenteras (PhD en ecología del paisaje) que “sembrar árboles no es restaurar ecosistemas”, a propósito de la cifra presidencial de 180 millones. Dicen otros también que esta gigantesca cifra, que implica plantar unas 300.000 hectáreas, surgió de una equivocación. Dicen por muchas partes que todo árbol sembrado en compensación o por las autoridades ambientales ya está muerto o se lo robaron antes de salir de un vivero virtual. Sabemos, por las conversaciones nacionales recientes, que el tema forestal está ‘de capa caída’ en el Estado y se requieren profundas reformas.

Hace algunos días, visité la Reserva El Encenillo, donde la Fundación Natura lleva décadas recuperando el bosque alto andino mediante diversos experimentos de restauración, unos más exitosos que otros. Saludé un aliso que planté con mis hijas hace unos 13 años y que encontré con dificultad: un gigante, en medio de cientos, que colegas y amigos ayudaron a sembrar un domingo cualquiera en un paseo.

Veo todos los días a contingentes de campesinos, de ciudadanos comprometidos o empresarios preocupados por la crisis climática construir viveros, cuidar plántulas de decenas de especies y establecer acuerdos con terceros para cuidarlos en propiedades que los acogen.

Veo a la Fundación al Verde Vivo salir juiciosamente cada mes a plantar miles de árboles en la cuenca del río Bogotá, al Movimiento Ambientalista Colombiano en Rabanal, a la Fundación Paisajes Rurales en Perijá. Veo a la Fundación Cipav continuar con su gesta de décadas para transformar las malas prácticas ganaderas en Colombia, plantando árboles para dar sombra y alimento a las vacas, a menudo en contra de la terquedad de quienes las usan criminalmente para ocupar selvas que han deforestado. Veo organizaciones indígenas reforestando por todas partes, una red de reservas privadas de la sociedad civil con miles de hectáreas en las que combinan conservación con restauración.

Veo bancos de hábitat operando y personas día a día regalando un bono para sembrar y cuidar un arbolito, todo ello sin considerar las miles de hectáreas de plantaciones que para algunos no cuentan, pero configuran formas de manejo donde el bosque silvestre crece cobijado por los planes de manejo forestal. Vi al Valle de Aburrá plantar un millón (1.000.000) de árboles en tres años y cada vez que voy a Bucaramanga veo más árboles en sus avenidas y parques, en sus áreas rurales.

Hace unos 100 años alguien tomó la decisión de sembrar cientos de miles de eucaliptos en los cerros orientales de Bogotá para evitar los desastrosos efectos que la erosión y los aguaceros causaban en la ciudad, tarea que se cumplió y con la cual los cerros se convirtieron en paisaje icónico, pese a ser una plantación con una especie foránea poco amigable con la biodiversidad. Veo allí un parque con dos o tres millones de árboles nativos replantados.

Es cierto que las selvas quemadas en Amazonia no se recuperarán con la buena voluntad ciudadana, pero ese no es el único propósito de plantar árboles. Hay mucha gente ayudando a hacerlo bien, con múltiples criterios de restauración (https://redcre.com/). Si cada persona sembrara un árbol en Colombia, y sobreviviera la mitad de ellos, tendríamos 25 millones. Si en vez de uno son cuatro, y se hace anualmente y bien, calculen cuántos tendríamos para 2030. ¡Invito a sembrar y cuidar! Si no saben dónde y cómo, esperen noticias.