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Planeta ¿vivo?

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Había resuelto escribir acerca de las ecologías industriales que proponen encadenamientos productivos basados en la construcción corporativa de ciclos funcionales cerrados, una de las opciones más interesantes de una economía verde, pero la publicación del informe “Planeta viviente 2014” que inicia mencionando cómo  “…en menos de dos generaciones, el planeta Tierra perdió la mitad de sus vertebrados”, me obliga a aplazar el optimismo.

La frase citada, que utiliza el informe del World Wildlife Fund (WWF) en los primeros párrafos, continúa con otra peor: 76% de la fauna acuática ha desaparecido, fundamentalmente debido a la contaminación de ríos, desecación de humedales y construcción de represas y distritos de riego. El informe completo (hay un resumen ejecutivo también) debe descargarse de http://wwf.panda.org/about_our_earth/all_publications/living_planet_report/

Independientemente de los sentimientos de frustración biofílica, de las consideraciones estéticas acerca de lo que estamos haciendo al mundo y a nuestros acompañantes no humanos, los índices reportados en el documento representan la señal de que la vida en la Tierra está perdiendo rápidamente su capacidad de automantenimiento. La desaparición de la fauna más visible (grandes mamíferos, aves, peces, ranas y serpientes) indica que no hay condiciones para su persistencia y nos negamos a creer que ello indica a su vez que tampoco las hay para la nuestra: la integridad ecológica de la cual dependemos como especie está a punto de colapsar, si no es que ya traspasamos el umbral de seguridad, como creen muchos.  La batalla de la vida en la Tierra, por supuesto, no se agotará con la desaparición de los vertebrados: el relevo lo retomarán las bacterias, seleccionadas y fortalecidas por la estupidez humana, al decir de otros. 

Podríamos preguntarnos en Colombia si entendemos que el verdadero significado de la inminente extinción de los manatíes, por citar solo un ejemplo, no es sólo nuestro fracaso ético, sino la señal (que todavía nos parece distante) del deterioro ambiental acumulado que nos afecta por igual: porque si no hay condiciones de vida para ellos, es porque el agua de las ciénagas ha desaparecido, su comida también, su espacio reproductivo. La destrucción de la fauna implica además que el funcionamiento ecológico que nos garantiza a nosotros agua, suelo fértil, seguridad biológica, comida y materia prima, ha sido sustituido por el petrológico, insostenible por tratarse de una opción no renovable y fuente del calentamiento global, que ya cae encima de los demás factores de la extinción.

El mismo informe señala algunos efectos de la devastación que estamos causando a escala global, y que incluyen la eventual pérdida de los 660 millones de empleos directos que genera la pesca, un costo equivalente a 11% del PIB global de 2008 en daño ambiental, la incierta provisión de agua potable para los casi 800 millones de personas que no tienen acceso a ella aún, o la expansión de su demanda calculada en 40% por encima de la oferta.

La única respuesta factible a esta crisis global y a sus expresiones en el territorio nacional, es la restauración y rehabilitación ecológica masiva, algo que está a nuestro alcance dentro de un margen muy limitado de expansión de la economía tradicional y el extractivismo, causa del deterioro. Hablar de transición es urgente, pues la ventana para recuperar los bosques secos del Caribe (queda 8 % de los originales) o de los bosques andinos (queda alrededor de 14 %, totalmente fragmentado) es de una generación: quienes afrontarán el tiempo del caos climático, ya nacieron. Ante el desastre, el enfoque de las postguerras debería servirnos, pues una economía de la regeneración natural es factible, si a ella orientamos todos los recursos de las regalías, unidos a las inversiones sociales por la paz. Corea del Sur (donde esta semana inicia la XII Conferencia de las Partes del Convenio de Diversidad Biológica) lo demostró, y hoy sus bosques y su gente, devastada hace unas décadas, son una potencia. La opción contraria no existe: las ciudades maya perdieron la mitad de su población en menos de cien años, debido a la combinación de sequías y deforestación. 

Una vieja película vista en clase de ecología básica nos hacía preguntar si era factible un planeta simplificado, con solo humanos y algas reciclándose infinitamente entre ellos. Pareciera que ya decidimos intentarlo.

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