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Partidos biches

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Dicen que cuando el presidente Misael Pastrana revisó el Código de Recursos Naturales que él mismo había solicitado preparar, se negó a firmarlo afirmando que si había que llegar al socialismo, no sería por cuenta de una ley ambiental conservadora. Este año se conmemoraron 40 años de la adopción de un instrumento normativo excepcional como lo es el Decreto 2811 que integró, bajo una sola visión, las aproximaciones conservacionistas y utilitaristas del manejo de lo que entonces se llamaban “recursos naturales” y que se clasificaban en renovables y no renovables. 

La referencia al socialismo como ideología aparentemente más cercana al manejo sostenible del ambiente proviene de varias corrientes de pensamiento que interrogan las relaciones entre sociedad y naturaleza desde la perspectiva de los modelos económicos y concluyen que es imposible que un sistema de libre mercado basado en el capitalismo pueda hacerse responsable de la continuidad de la vida en el planeta, pues su apuesta a la autoregulación es incompatible con los límites naturales al crecimiento y la tasa de renovación de sus ciclos físicos, químicos y biológicos, de ahí la crítica política al modelo de desarrollo basado en la competencia extractivista de recursos. 

Esta visión sin embargo, ha sido retada por otras vertientes del pensamiento político y por supuesto encontramos expresiones contrastantes en los modelos más liberales que plantean contextos regulatorios de diversa índole e intensidad para definir el tipo de relaciones que la sociedad debe establecer con el resto de seres vivos del planeta, a quienes claramente afecta con su crecimiento poblacional y demanda de agua, aire, nutrientes y espacio físico. Para quienes asumen que las fases y procesos propios de la ecología humana, trasladada a la economía, son asincrónicos con los del resto de la biosfera, los requerimientos de regulación son mucho mayores, de ahí las coincidencias entre movimientos conservadores y conservacionistas, y una visión de la responsabilidad del Estado ante el ambiente muy diferente. 

En Colombia estas reflexiones, más propias de la ciencia política aplicada a los asuntos ambientales, no se han desarrollado al interior de los centros de pensamiento de los partidos, al menos de forma explícita y directa, lo que ha afectado sensiblemente su propia capacidad de construir agendas consistentes a las cuales los electores puedan responder. Sin embargo, una parte escencial de la cultura política nacional, tan primitiva, debería ser el debate ideológico profundo que incita un análisis de las relaciones entre la sociedad y sus contextos de evolución, que incluso puede ser problematizada como dicotomía (ej. La “naturaleza” es un constructo social, que no existe por fuera). La simplificación discursiva de recientes expresiones que hacen reclamos a presuntos “ambientalistas extremos” es totalmente regresiva, evidencia de la escasa evolución del pensamiento ambiental en Colombia. Con razón el profesor Julio Carrizosa (uno de los autores intelectuales del código de marras) se ve obligado a reclamar mayor atención a la complejidad de estos asuntos todos los días.

Lo cierto es que en nuestro país, el partido “verde” no lo es más que el rojo, el azul o el amarillo. Tampoco ningún movimiento particular en el extenso abanico de las formas organizativas efímeras en que se construye política en el país tiene una particular interpretación de lo que constitucionalmente es un acuerdo central del modelo de sociedad que queremos: sostenible, sana, responsable. Ni los cristianos, tampoco las guerrillas, a pesar de la fuerza de los evangelios, vitalistas, o el agrarismo tropical. Más que verdes, estamos biches…

Manuel Rodríguez expresaba hace 10 años, con ocasión de los 30 de la Ley 2811, el poder de esta discusión, si se hace con seriedad: “…la existencia de diversos ambientalismos no debe hacernos perder de vista del hecho de la formas destructivas de relación entre la acción humana y su ambiente natural. Este es el común denominador de los ambientalismos y esa su gran virtud: la capacidad de activar la cooperación entre grupos de interés diferentes en función de una preocupación común por el presente y el futuro del medio ambiente que se asume ligado en forma ineluctable al destino mismo de la especie humana.”1

 1  “El Código de los Recursos Naturales Renovables y del Medio Ambiente: el conservacionismo utilitarista y el ambientalismo” Manuel Rodríguez Becerra, en: Universidad Externado de Colombia. 2004. Evaluación y Perspectivas del Código Nacional de Recursos Naturales de Colombia en sus 30 años de vigencia. Pp: 155-177

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