miércoles, 22 de julio de 2020

Más columnas de este autor Brigitte Baptiste

Cuando se habla de capital institucional asociado con la construcción de sostenibilidad y una economía verde es indispensable mencionar al Jardín Botánico del Quindío (JBQ) como una de las iniciativas de la sociedad civil de mayor alcance y capacidad en el país.

Creado en 1976 en Calarcá, uno de los centros de pensamiento ambiental más originales del país, el JBQ fue resultado de la cooperación de miembros de la Organización Oikos, la Universidad del Quindío y el Club de Jardinería de Armenia, y evolucionó hasta convertirse en una joya de la investigación, la conservación y la educación ambiental colombiana. Recibía cerca de 100.000 visitantes al año interesados en recorrer sus senderos, ubicados en medio de un remanente de selvas andinas milagrosamente preservado y hoy cuidado y enriquecido con centenares de árboles nativos; personalmente me enorgullece haber sembrado en ellos la primera palma de cera de la colección. Toda una experiencia que se combinaba con el goce del vuelo de las mariposas dentro de una estructura arquitectónica tan gigantesca como hermosa, ya emblemática del paisaje cultural cafetero, o con el silencio obligatorio que la admiración por la vista de docenas de especies de aves y pequeños mamíferos que frecuentan un pequeño claro del bosque producía detrás de ventanales camuflados. El museo de insectos gigantes y otras exhibiciones aún enmarcan un centro de eventos diseñado por el arquitecto Simón Vélez, hoy desocupado.

Hablo en pasado, pues adivinarán que con la pandemia las visitas, casi que su única fuente de ingresos, colapsaron. Hoy el Jardín apela a la buena voluntad para subsistir entretanto vuelve a abrir sus puertas, algo que podría llegar a no darse dada la crisis económica que impide mantener las actividades básicas de cuidado de la infraestructura y, sobre todo, de la mayor colección viva de palmas de Colombia, resultado de años de expediciones conjuntas con expertos e instituciones científicas del mundo, empezando por el botánico Rodrigo Bernal (PhD), autor de ‘Guía de campo de palmas de Colombia’ (2010), motivado por la diversidad única de estas plantas en el país: según el Sistema de Información de Biodiversidad (sibcolombia.net), poseemos 311 especies, siendo el tercer país más rico en palmas, detrás de Malasia e Indonesia.

La importancia de estas colecciones no puede ser minimizada, pues se trata de uno de los grupos de mayor utilidad económica histórica y potencial: los aceites, colores y sabores de sus frutos son excepcionales, y el uso de sus fibras, madera y hojas no es menos llamativo que su comercio ornamental. Una colección que protege casi la totalidad de las especies equivale a una bóveda bancaria, pero viva, lo que añade un componente de responsabilidad adicional a su cuidado, algo a lo que el director del Jardín, Alberto Gómez Mejía, nunca se le ha ocurrido renunciar, empeñando incluso su patrimonio personal en la tarea.

Casi 50 años de construcción de una institución sin ánimo de lucro de la calidad del JBQ no pueden irse por el sifón. Las inversiones públicas y privadas ya hechas y la capacidad de la institución son invaluables, en medio de un país que espera convertir su biodiversidad en la fuente principal de desarrollo y bienestar, como recomienda la Misión de Sabios. Ayudemos al JBQ, atractivo central del turismo en el eje cafetero, convirtámonos en miembros o donantes de una entidad que merece la acción colectiva y, apenas nos dejen viajar, visitémoslo para restaurar nuestras heridas y recuperar el contacto con el verde que tanta falta nos hace.