Analistas

Innovación ambiental

En un reciente cuadernillo del New York Times titulado “Puntos de quiebre; agenda global 2014” se presentaban algunos de los procesos más significativos de la innovación tecnológica y social que prometen un salto cualitativo en las condiciones o modos de vida de los seres humanos en los años por venir. Expertos de diferentes partes del mundo analizaban las redes sociales y el universo digital, la guerra contra las drogas, el empoderamiento femenino, la gestión energética planetaria y la eventual colonización de Marte, y vislumbraban escenarios globales plausibles derivados de estos fenómenos. En todos los casos, el elemento común que marcaba una diferencia positiva entre presente y futuro era la educación, y una educación en ciencias que moviera la capacidad de innovación. El profesor Michiu Kaku señalaba cómo esto no está sucediendo: “los estudiantes obtienen títulos en desempleo, pues adquieren conocimientos que eran necesarios para vivir en 1950”.

En un planeta biológica y culturalmente globalizado, donde este mismo profesor predice la sustitución del computador por la omnipresencia de sistemas digitales enlazados en la nube, el acceso universal e instantáneo a toda la información, la interconectividad neurona-máquina, la sustitución de órganos y el diseño genético y las nanotecnologías, es obvio que las nociones de democracia y mercado deberán transformarse también radicalmente, y la distribución de poder migrará hacia universos a lo William Gibbson o “Matrix”. Lo cierto es que ese proceso de transformación ciborg de la cultura ocurrirá simultáneamente con el desastre climático, y en menos de una generación estarán instaladas las tendencias culturales de los grupos humanos que hayan resuelto el dilema “ambiente-desarrollo” en la práctica. Dado que ya no se dieron las condiciones para reducir las emisiones de CO2 requeridas para minimizar el daño global, serán aquellos países capaces de restaurar y manejar eficazmente su biodiversidad (sistemas de soporte vital) quienes tengan las mejores oportunidades de adaptación al caos climático, pero ello no será suficiente, así como la economía verde tampoco lo será para llegar a un modelo cultural sostenible, más bien parte de las condiciones transicionales del colapso socioecológico planetario. Este será el verdadero punto de quiebre para entrar en lo que algunos llaman la posthumanidad y que nos suena a ciencia ficción, pero que simboliza el conjunto de condiciones de vida, no solo humanas (pues no seremos prevalentes), plausibles para el 2100, año al cual todos los nacidos en el 2000 tienen expectativas reales de acceder, basadas en la tecnología, pero pocas probabilidades, dado el contexto. 

Colombia, apenas resolviendo problemas del siglo XIX y XX, no tiene las mínimas condiciones para afrontar estos escenarios, tal como muestran los resultados de las pruebas Pisa, el caos del sistema de investigación y ciencia, el autismo académico que no reconoce otros sistemas de conocimiento propios, y el debilitamiento de la institucionalidad derivado del narcotráfico. La esperanza radica en la evidente resiliencia que ha demostrado el país durante décadas y su sorprendente capacidad de no colapsar como nación a pesar de todo, la que seguramente radica en su diversidad biológica y cultural, traducida en cierta flexibilidad de los sistemas de vida y una capacidad adaptativa de corto plazo derivada de la ausencia de condiciones ambientales extremas (no tenemos nunca a Hércules azotándonos con -50° C, ni a la más ecuatorial Sandy,  aunque si aguaceros macondianos), y basada en el ingenio popular, más que en otras cosas. Pero esta capacidad tampoco nos servirá si no se formaliza como modelo de innovación positiva, como lo demuestra el triunfo del delito, que nos asfixia.

Sabemos que necesitamos un diseño ecológico del país que, al tiempo que recupere la salud perdida del territorio, fortalezca al máximo su capacidad sistémica para absorber los embates de los próximos fenómenos Niña/Niño, y ello no se conseguirá con modelos “retrofuturistas”: no hay que volver al pasado para “tomar otra bifurcación”; no es posible. Necesitamos entonces movilizar nuestra experiencia histórica para pensar una naturaleza socializada llena de híbridos tecno-biológicos, infraestructuras verdes para nuevos modos de desarrollo, inteligencias colectivas que enlacen la biodiversidad con la cultura con la misma potencia que lo hace el Yagé entre los pueblos del piedemonte amazónico.

El reto, para ser leído en medio del reciente e indispensable debate Faciolince/Ospina, es imaginarnos y construir experimentos de futuro realmente diferentes y autóctonos, previa aceptación del punto de quiebre climático que fuimos incapaces de evitar. Y sólo el arte tiene esa capacidad.

Feliz año…