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En la creciente y rápida urbanización del mundo emergen situaciones novedosas que hacen de las ciudades sitios “extraños” en términos biológicos. Poco a poco las especies de plantas, animales y microorganismos que se ven favorecidas por las condiciones ambientales de la masificación de estructuras humanas comienzan a abundar por encima de aquellas que no encuentran en el cemento y los parques urbanos oportunidades de alimento o reproducción. Un evento que representa una transición ecológica que apenas está siendo investigada, dado que los tiempos de reacción de las comunidades vivas a los nuevos ambientes son más largos de lo que la historia permite documentar, de manera que apenas nos encontramos con un fenómeno que requerirá la producción de nuevo conocimiento: es una de las fronteras de las ciencias. 

Pero los cambios no son sólo físicos o biológicos. A la par que las cañadas de Armenia se han convertido en el mejor refugio de la avifauna y los pequeños mamíferos del Quindío, o las laderas de Bucaramanga a la flora del bosque seco de Santander, regiones cuyos paisajes agropecuarios no siempre son tan favorables a toda la biodiversidad, crecen los niños que conviven con pájaros, armadillos y cucarrones. Rápida e inadvertidamente se desarrollan vínculos particulares con distintos elementos del ecosistema emergente, que ellos perciben simplemente como vida y, en general,  como visiones gozosas y no utilitarias de los mismos: hay poca cacería urbana, así sea una opción alimentaria legítima…

Todas las ciudades del mundo están experimentando un fenómeno similar, que ha llevado a las administraciones públicas sensibles a construir de manera muy rápida políticas y estrategias de gestión de la biodiversidad urbana, pues crece una cultura ávida de compartir los espacios y actividades humanas con los demás seres vivos que insisten en acompañarnos a través de la transformación del mundo, poco amable con ellos. Biofilia, llamó el profesor E.O. Wilson a esta ética emergente, que encuentra muchas afinidades con tradiciones milenarias, entre ellas antiguas religiones y visiones del mundo.

Por ejemplo, en días pasados se celebró en el mundo cristiano el día de San Francisco, uno de los personajes más interesantes de la historia occidental, pues nos dejó un mensaje con el que cuestionaba nuestra codicia y, a la vez que insistía en que el camino de la salvación es incompatible con la acumulación de bienes materiales (“es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja…” de seguro leyó con preocupación a sus acomodados padres), estuvo dispuesto a experimentar otra forma de vida en comunión con la naturaleza: dice la tradición que hablaba con las aves, un acto fundamental de hermandad que se repite hoy día en las escasas terrazas de Bogotá donde los colibríes aún se arriesgan, pese a que los colectábamos por millares para volverlos prendedores de sombreros hace apenas unas décadas.

Las conversaciones que las nuevas generaciones urbanas sostienen con esa naturaleza también son nuevas y están llenas de señales y valores que debemos comprender, pues la cultura emergente manifiesta su rechazo por otras actividades tradicionales como las corridas de toros, el uso de tracción animal o las peleas de gallos, entre otras, aunque a veces también son miopes respecto al efecto de sus propias demandas de consumo. Sin embargo, en general, manifiestan otra voluntad de vivir cuando se apropian de espacios construidos y los convierten en áreas de interés florístico y faunístico cuestionando incluso los conceptos, también ya tradicionales, de las ciencias naturales y la biología de la conservación. Sucede así con las especies invasoras, por ejemplo: nuestro afecto por las flores y los árboles nos hace acoger al pino y el eucalipto, al urapán, disfrutar el pasto, propagar los geranios; todas ellas especies llegadas a nuestras tierras frías en los últimos tres siglos, a lo mucho. Un acto de amabilidad que nos obliga a pensar a fondo cada vez que nos vemos enfrentados al cortar un árbol, manejar los canes abandonados, adoptar un caballo de tiro y que debe llevarnos a una conversación mucho más amplia acerca del carácter de las ciudades que queremos.

Un nuevo socioecosistema se perfila, lleno de oportunidades y esperanzas de bienestar para unas personas que nueva y tercamente reconocen que no sólo es importante tener ropa, comida, salud, vivienda y empleo, sino un sentido de vida que acoja, gentilmente, a todos los seres vivos que nos han acompañado y han sufrido a lo largo de nuestra exitosa (hasta ahora) evolución. Incluso, tal vez, esa gentileza con la que sabemos que hay que tratar a los colibríes, nos ayude a redefinir esas otras necesidades, a ser más justos en todos los actos de nuestra vida cotidiana y, sobre todo en Colombia, a tratarnos mejor los unos con los otros, el principio de la paz.

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