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Frankenstein y Bocachico

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El lago Leman es el corazón hidrográfico de los Alpes y punto de convergencia de las culturas latina y germana, las cuales, tras centenares de años de disputas acordaron configurar hace 200 la moderna Confederación Helvética, con 26 repúblicas o cantones (1815). En Suiza la noción de democracia se practica con tal respeto y disciplina que las grandes decisiones nacionales, como la construcción de autopistas o infraestructura no se completan si sus habitantes no las aceptan a escala local, ya sea porque van contra su estilo de vida y costumbres o porque consideran que no hay compensación que amerite sacrificar su bienestar. El gobierno federal solo puede esperar a que cambien de opinión; no puede aplastar las minorías donde la búsqueda del bien común es consensual, no dictatorial, como algunos pretenden en Colombia.

El lago también es la patria chica del Dr. Victor Frankenstein, padre de la criatura ensamblada con trozos de difuntos y el cerebro de un criminal que, al despertar, es incapaz de reconocerse y en su angustia destruye a su creador. Mary Shelley (1791-1851), autora de la famosa novela epistolar y sus compañeros Lord Byron y J. Polidori (autor de “El Vampiro”), vivieron una temporada en un gran caserón ubicado en sus orillas, donde seguramente acogieron largas conversaciones sobre el advenimiento de la civilización industrial y el futuro de la humanidad. La promesa del renacimiento prometeico preocupaba.

Recientemente, investigadores de la U. de Lausanne descubrieron en los sedimentos acumulados del mismo lago, a más de 60 m de profundidad, una gran acumulación de metales y junto con ella, millones de endosporas bacterianas inmovilizadas por moléculas tóxicas de cobre, mercurio, cadmio y cromo, en una especie de gel del cual se espera no despierten nunca. Suponen los científicos que tanto los metales como las bacterias se encontraron en las plantas de tratamiento de aguas residuales de las ciudades ribereñas, dentro de las cuales se combinaron residuos industriales con las heces de sus habitantes, propiciando un proceso de selección genética extrema de microorganismos intestinales. Esta situación se repite hoy en la mayoría de alcantarillados, creando ambientes extraterrestres a manera de territorios Frankenstein, tan interesantes como potencialmente letales: de allí probablemente se desprendan nuevos descubrimientos que tal vez nos inciten a proteger sus hábitat como reservas biológicas, sin contar con que además de metales, en estos lugares las bacterias disponen de ingentes cantidades de nuevos fármacos, estrógenos, residuos de cocaína y microplásticos como digestivo.

Si pensamos que la mayoría de humedales colombianos acumula desde hace décadas mercurio, y otros metales, haciendo que sus sedimentos, mucho más someros que los del lago suizo, estén expuestos a procesos metabólicos atizados por el calor ecuatorial, las crecientes de los ríos y el movimiento de la fauna, debemos ocuparnos. Allí los microorganismos no descansan y los metales viajan con ellos de regreso a las tripas de los bagres, las tilapias invasoras, los cangrejos, y siguen al sancocho, con consecuencias letales.

La criatura de Mary Shelley que no era intrínsecamente mala, se perdió en el horizonte del hielo alpino, buscando consuelo a su condición: representaba el drama estético de la creación, de la renovación cultural y de la innovación tecnológica. Tal vez, con el derretimiento de los glaciares y el calentamiento global la encontremos cerca, conversando con un bocachico.
 

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