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Economía climática

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Tras un reconocimiento profundo y trascendental de que el cambio climático es un hecho determinante en el porvenir de las naciones, el presidente Juan Manuel Santos presentó el jueves pasado la apuesta del gobierno por un modelo económico que favorezca el crecimiento a la vez que la adaptación. El expresidente mexicano Felipe Calderón, invitado especial en categoría de directivo de la “Nueva economía climática”, una alianza de países con similares convicciones, amplió y refrendó una visión que en detalle presentó más tarde el DNP.

Es de celebrar que un plan de desarrollo identifique como problema de Estado, que requiere gobernanza efectiva, el hecho ambiental más significativo de nuestros tiempos. Los datos empíricos están demostrando que el calentamiento global de atmósfera y océano, el deshielo de los casquetes polares y el aumento del nivel del mar, así como la acidificación de las aguas y la prevalencia de eventos extremos como huracanes y tifones, avanzan más rápido que aquellos de las previsiones en los peores escenarios del IPCC. Los efectos económicos y sociales de estas circunstancias son evidentes: destrucción de infraestructura, capacidad productiva, recursos de toda índole y vidas humanas. Pero más aún, son impagables, pues si ocasionalmente dinamizan y permiten renovar ciertos componentes de la vida e historia de los pueblos, superan su capacidad de recuperación tras los desastres climáticos recurrentes. Para los empresarios, un reto: no hay negocios si no hay futuro, y futuro con capacidad de acogerlos…

Al menos tres aspectos fueron presentados como centrales en el desarrollo de capacidades de crecimiento con sostenibilidad. El primero, la necesidad de evaluar y ajustar la matriz energética del país, referencia que sorprendentemente incluyó una expresión formal a favor de energías alternativas en Colombia. El mapa de costos de producción no miente, las tecnologías solares y eólicas ya son comparativamente rentables con los combustibles fósiles, y sin subsidios. Vichada construye la primera central solar del país con recursos de regalías, para mencionar un ejemplo. El segundo aspecto, es la transformación del sector agropecuario y del uso del suelo, que empezaría por detener la deforestación, recuperar las tierras degradadas (habría que enfatizar en la recuperación de humedales, en Colombia) y reactivar la producción forestal, hoy día sin norte de ninguna clase. El tercero, el desarrollo de infraestructura libre de huella de carbono, lo que condujo a una deducción, en este caso del expresidente Calderón, que no se había oído nunca de manera oficial y decidida en público: la necesidad de olvidar el uso del carro particular en las ciudades, así como la de construir redes fluviales y ferroviarias, menos expuestas a los desastres naturales. Ciudades ecoeficientes, con movilidad pública masiva, bicicletas y mucho espacio público (no llegamos a biodiversidad, pero bueno) deberían ser el primer resultado de una economía adaptativa al cambio climático. 

Por supuesto, todas estas propuestas dependen de la recuperación de la gobernabilidad en todo el territorio, algo que esperamos con ansiedad. La paz es, precisamente, la única garantía de que se ponga en práctica la ruta de la sostenibilidad, pues las reformas que se plantean no son pocas. Pero la “new climate economy” resultó una propuesta avezada, con plena confianza en su capacidad de generar empleo, reducir la pobreza y recuperar el territorio nacional  en una perspectiva adaptativa que debe construirse a partir de una propuesta educativa muy distinta a la actual, y que amerita una discusión profunda, con ánimo constructivo: soluciones de la “tercera vía” que no a todos convencen, pero que eventualmente tienen la capacidad de abrir camino a la urgente transición ambiental que requieren todos los países del mundo, y que en otros modelos dependería de extender un gran manto de subsidios, siempre sujetos a la arbitrariedad del populismo o el privilegio, o concentrar un sistema de controles y autoridad necesariamente incompatibles con la democracia. 

En la práctica, una propuesta concreta, coherente y que será la visión que se aplique en Colombia para construir sostenibilidad. Nos corresponde entenderla, enriquecerla y eventualmente cuestionarla con honestidad. Necesitamos soluciones a la crisis ambiental, basadas en el cumplimiento de los derechos constitucionales a un ambiente sano, con equidad y con bienestar.

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