Analistas

Ecología disfuncional

Hay una maravillosa vista sobre el Rhin desde el piso 29 del edificio de Naciones Unidas en Bonn, donde funciona la Ipbes (Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos) cuyo cuerpo científico se reúne por estos días por cuarto año consecutivo. El desastre gastronómico se compensa con el paisaje y las conversaciones versan sobre los abundantes barcos que navegan el río, muchos llenos de carbón colombiano: llega el invierno en Alemania y la renuncia a la energía nuclear, hecha por razones ambientales, comienza a mostrar sus implicaciones. Y contradicciones: el país ha hecho grandes compromisos para reducir sus emisiones de CO2 y se encuentra en una compleja encrucijada, como puede deducirse de estos dos eventos simultáneos. Por otra parte, los más de 300.000 trabajadores sindicalizados han manifestado su oposición a las medidas económicas tomadas para reducir la actividad, obligando a transferir nuevos subsidios a un sector que se resiste a desaparecer y dejar la canasta energética en manos del sol y el viento, literalmente. Quedan los bio y agrocombustibles, sobre todo aquellos derivados de biotecnología microbiana (también criticada), ya que aquellos que requieren grandes cambios de uso suelo también tienen importantes implicaciones en la cobertura boscosa global o compiten con la producción de alimentos. Pero no solo Alemania y Europa están en esta encrucijada: Venezuela acaba de entregar millones de hectáreas de su “arco minero” a los mismos operadores corporativos que el resto del mundo capitalista, en un modelo de gestión controlado por las fuerzas armadas.

Estos casos ilustran algunas de las tensiones que enfrenta el planeta para construir las transiciones necesarias hacia la sostenibilidad: no basta con las buenas intenciones, ni siquiera con la voluntad política o la consistencia ideológica, pues la escala de las transformaciones experimentadas a raíz de las actividades humanas es impresionante y constituye un fenómeno emergente que conecta de manera definitiva localidades tan distantes como Bonn y el arroyo Bruno. Por las escalas de los procesos, sin embargo, no parece haber ninguna indicación de que el mundo pueda construir un modelo distributivo con justicia social a partir de la “acumulación de las contradicciones”, como sugieren los mensajes benevolentes de una sociedad semirural idílica como alternativa. Pocas regiones del planeta podrían sostener densidades importantes de población, incluso con niveles mínimos de consumo y austeridad: hace décadas pasamos ese umbral histórico de los socioecosistemas.

Puede que lo pequeño sea hermoso, pero la argumentación ecológica no sirve para demostrar que es sostenible, como sugería hace décadas un pensador famoso. La sostenibilidad depende de la gestión de los ecosistemas en las escalas adecuadas, que generalmente implican decenas de años y miles de hectáreas. La granja autosuficiente, por más integral que sea, es uno de los peores inventos desde este punto de vista: convierte el paisaje en una condición mediocre, donde desaparecen los gradientes y la condición más importante de los socioecosistemas, la complementariedad funcional de las comunidades biológicas en el territorio, llamada diversidad beta. Desde esta óptica, no hay una ecología que defienda per se ningún modelo de gestión del territorio: hay empresas, comunidades e instituciones haciendo buena o, más a menudo, mala ecología.