Todo Presidente en Colombia desde que tengo uso de razón busca implementar un programa bandera que se convierta en su legado dejando todo en la cancha. Mientras la determinación y la gallardía premian a los más capaces, la duda y la crisis definen a quienes fallan en el intento.

El problema del presidente Duque es que la razón principal por la cual fue elegido -reformar el Acuerdo de Paz con las Farc- nunca lo pudo traducir a un programa de gobierno que unificará a la gente y le permitiera sacar adelante las grandes reformas en material laboral, pensional y de justicia, que reclama el país. Aunque parece un poco tarde, puede rescatar un punto -como se dice en el fútbol.

Iniciando su gobierno, tuvo el ‘papayazo’ de extraditar a Santrich, y traer a las Farc y al uribismo a la mesa de negociación para subsanar los errores del acuerdo inicial.

Ese era el momento para sentar un precedente y redefinir la política del estado contra el narcotráfico; derogar la JEP y buscar un mecanismo expedito en la justicia ordinaria que garantizara justicia para las víctimas y seguridad para los desmovilizados; renegociar las prebendas políticas de los líderes; y lograr la legitimación del acuerdo con esa otra mitad del país que ganó el plebiscito. Desafortunadamente su falta de experiencia y liderazgo lo llevó a tomar la decisión menos arriesgada y legalista, dejando a su gobierno -y a su partido- sin brújula y sin norte.

La historia nos demuestra que presidentes con determinación logran el objetivo. Santos con el proceso de paz, Uribe con la seguridad democrática, Pastrana con el Plan Colombia, y Gaviria con la apertura económica. Otros son más recordados por la crisis del momento: Samper por el proceso 8.000, Barco por la guerra con Escobar y Betancur por la toma del Palacio de Justicia.

Duque entro al partido perdiendo. Su talante de buen tipo combinado con la inocencia de no querer repartir ‘mermelada’, le evitó recomponer el caminado. Se dejó secuestrar la agenda del país por la polarización y terminó utilizando el botín burocrático para nombramientos en los organismos de control.

Su política estrella de la ‘Economía Naranja’, no la entiende nadie y se traduce en un ‘pañito de agua tibia’ para disminuir el desempleo producto de la pandemia. Al inversionista extranjero dice defenderlo, pero no hace nada para generar seguridad jurídica y confianza inversionista. Su política internacional es incongruente, se declara aliado de Trump frente a Venezuela, pero le coquetea a China desconociendo la guerra comercial entre los dos países.

Es difícil replantear el juego a estas alturas del partido, pero debería aprovechar el canal de comunicación burocrática que ha logrado con las altas cortes para dejar listo un proyecto de reforma judicial que se vote como referéndum con las elecciones de 2022.

Buscaría simplificar la propuesta del uribismo y propondría una reforma que invierta en la profesionalización de la rama; saque a magistrados y jueces del juego de la política; restituya la separación de poderes y devuelva la magistratura de las altas cortes; y eliminaría los sistemas paralelos de justicia hechos a la medida del hampón de turno. De pronto así, habrá algo de esperanza para derrotar a la izquierda en las elecciones de 2022.