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Analistas 06/04/2026

Cccp

Andrés Otero Leongómez
Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

Las siglas de la Unión Soviética en alfabeto cirílico, las cuales de manera irónica rebautizamos -Con Colombia Casi Perdemos- después de que nuestra selección empatara con ese país con un gol olímpico de Marcos Coll en el Mundial de Chile 62. Ese mismo año nació Iván Cepeda, el hoy firme aspirante del Gobierno a la Presidencia de Colombia. Vivió en la Checoslovaquia comunista y después en Cuba, donde se formó y fue adoctrinado por su padre, miembro del Partido Comunista y de la UP -brazo político de las Farc-.

Votar por Cepeda no es solo elegir el continuismo y la debacle que ha representado este Gobierno y sus fallidas reformas sociales. Es permitir que gane un candidato cuya intención es convertir a Colombia en un régimen comunista disfrazado de socialista. Es frentero en su intención de convocar una constituyente, intervenir la banca, limitar la propiedad privada y estatizar el aparato productivo. Si dejamos que gane, después no podremos rasgarnos las vestiduras cuando el país se vaya a la mierda.

Se vende como defensor de derechos humanos, cuando en la práctica siempre ha sido abogado de oficio de criminales y narcoterroristas. Nombrado en el computador de Raúl Reyes como fiel a su causa, nunca ha escondido su admiración por los Castro, por Chávez, por las causas revolucionarias y por todas las formas de lucha. Ya demostró, durante la férrea persecución al expresidente Uribe, que está dispuesto a cruzar cualquier línea ética o legal y aliarse hasta con paramilitares, con tal de ganar e imponer su verdad.

Cuando en el Gobierno Duque capturaron a Santrich, fue cómplice de su fuga y el autor intelectual de la narrativa del entrampamiento en contra del fiscal general. Estrategia jurídica ante la Corte que facilitó que los hoy responsables del magnicidio de Miguel Uribe quedaran en libertad. Un presidente más astuto y sagaz se hubiera adelantado a la leguleyada de Cepeda, los hubiera empacado en un avión de la CIA hacia EE.UU. y después habría dado explicaciones. De haber sido así, hoy tendríamos otra realidad.

Durante el proceso de paz en La Habana, sin ser emisario del Gobierno o miembro de la comitiva de las Farc, se paseaba como Pedro por su casa imponiendo sus tesis y logrando para sus amigos el mejor acuerdo posible. Agenció la operación de lavado de activos más grande de la historia, producto de décadas de narcotráfico, secuestro y extorsión, sin que nadie lo cuestionara. Logró que sus representados obtuvieran curules gratis en el Congreso de la República sin pagar un día de cárcel, mientras los militares que los combatieron fueron sometidos a la Jurisdicción Especial para la Paz -JEP-. Y, en un gesto parecido al de María Corina con Trump, celebró el Nobel de Paz como si fuera suyo. Su gestión como defensor de facto de ese grupo delincuencial y su alianza con el petrosantismo lo tienen hoy liderando las encuestas.

Décadas de impunidad le han otorgado una patente de corso para impulsar políticas como la Paz Total, resultado del famoso “Acuerdo de la Picota”. Como si la farsa de La Habana no hubiese sido suficiente, hoy pretende extender esos beneficios y limpiarles la cara a todas las organizaciones criminales a cambio de su apoyo y una falsa paz. Quienes creen que Iván Cepeda no es tan malo, cínico y errático como Petro se equivocan. Es mucho más siniestro, astuto y sigiloso. Por eso, si Cepeda gana las elecciones, podríamos poner esas mismas siglas en nuestra camiseta, pero esta vez representando -Con Cepeda Colombia Perdió-.

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