sábado, 11 de julio de 2020

Más columnas de este autor Alfonso Aza Jácome

Por anecdótico que parezca, la palabra “tasajera”, en español significa “vara para secar la carne”. Pudo haber sido un término azteca, que los españoles adoptaron y trajeron posteriormente al Caribe colombiano, donde acabó convirtiéndose en el topónimo de la tragedia del pasado 6 de julio. Paradojas de la vida, se hizo realidad la fatal profecía de su nombre.

Tasajera es un pequeño corregimiento ubicado en una delgada franja de arena o “barra” que separa la Ciénaga Grande de Santa Marta del mar Caribe. Más o menos, a mitad de camino entre Barranquilla y Santa Marta.

Es una de las poblaciones más pobres de Colombia. Sus habitantes viven, en su mayoría, de la pesca, pero la construcción de la vía Barranquilla - Ciénaga, entre 1956 y 1960, afectó todo ese ecosistema convirtiendo sus exuberantes bosques de manglar en un paisaje espeluznante que apenas se está recuperando y a Tasajera en una gran vitrina que expone su pobreza sin pudor a los miles de viajeros que cruzan el corregimiento cada día. Tierra entreverada por la sangre de indígenas chimilas, negros cimarrones y colonos españoles representa, como ningún otro lugar, nuestra variopinta realidad nacional.

Por eso, lo que sucedió en Tasajera desnuda la verdad en que vivimos. Nos muestra quiénes somos. Desde el trágico día del accidente no han faltado los comentarios sobre la situación que se vive en esa zona de la Costa. He oído de todo. Por una parte, los que dicen que fue una irresponsabilidad; otros, le echan la culpa a la Policía, por su falta de autoridad; y no faltan los que insinúan que recibieron su merecido por robar combustible de un camión accidentado.

Parece que desafortunadamente ser pobre es carecer de todo, hasta de un alma. No tienen, derecho a entrar en el cielo, ni en el infierno. No hay esperanza. Cuando no se tiene nada, solo queda el presente. Vivir al día. Y es precisamente eso es lo que perdieron 26 hombres jóvenes, muchos de ellos padres de familia, hermanos o hijos que intentaban, como fuera, llevar algo de dinero a su casa.

Pero la pobreza es solo una cuestión de azar. El destino no está en nuestras manos. Muchas veces depende de dónde naces y de las oportunidades que se presenten en el transcurrir de una vida. Éxito o fracaso. Fortuna o fatalidad. La vida es injusta. No somos especiales. Solo nos creemos especiales. Pero nadie lo es. Y eso es lo que tal vez no se entiende.

Además, con todo lo que está pasando, nos estamos volviendo inmunes al dolor ajeno. Podemos compadecernos por el sufrimiento de alguien cercano, pero las noticias ya no tienen efecto sobre nosotros. Estamos acostumbrados. Por eso, cuando nos enteramos de alguna tragedia, nos volvemos fríos porque nos damos cuenta de lo insignificantes e impotentes que somos. Preferimos voltear la cara para no ver la agonía de los demás.

En Colombia existen todavía muchas discriminaciones, además de las propias de la pobreza. Pero si analizamos las causas profundas del problema y no solo las consecuencias nos daremos cuenta de que nos falta mucho por cambiar como sociedad. Tal vez estemos pervertidos por un sistema que nos incita a vivir como ricos, mientras una inmensa mayoría malvive en la miseria, y nos ha fomentado una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad que necesita de la indiferencia para poder perdurar.