MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
El respaldo de Rusia, China e Irán al régimen socialista en Venezuela con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro nunca fue humanitario. Fue —y sigue siendo— ideológico, económico, geopolítico y profundamente extractivo. Venezuela, con 303.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo (17% de las reservas mundiales), se convirtió durante más de dos décadas en un botín estratégico para potencias autoritarias antidemocráticas que supieron aprovechar el colapso institucional venezolano para asegurar crudo, influencia y control político.
Lo verdaderamente escandaloso no es ese respaldo, sino la hipocresía del progresismo y de la izquierda internacional, que hoy protestan porque Estados Unidos haya capturado a Maduro “por el petróleo venezolano”, cuando guardaron silencio durante más de veinte años mientras esas mismas potencias extraían, condicionaban y cobraban el crudo venezolano sin transparencia, sin democracia y sin rendición de cuentas. Aún más, hoy llaman al derecho internacional pero no lo hicieron durante años de crímenes y terror en Venezuela ni mucho menos cuando Maduro desconoció a Edmundo González como legítimo ganador de las elecciones presidenciales en 2024.
China ha sido el caso más estructural. Desde principios de los años 2000, Venezuela contrajo decenas de miles de millones de dólares en préstamos con bancos estatales chinos, garantizados con petróleo. El esquema de petróleo por deuda implicaba que el crudo venezolano no se vendía libremente en el mercado, sino que se enviaba directamente para pagar obligaciones financieras. Incluso en plena crisis humanitaria, más de 80% del petróleo exportado por Venezuela en 2025 terminó directa o indirectamente en China, según datos de comercio energético. Para Pekín, fue una fórmula perfecta: petróleo asegurado a largo plazo, con descuentos y sin condiciones democráticas.
Rusia actuó con una lógica complementaria, pero aún más geopolítica. A través de préstamos, acuerdos con Pdvsa y la participación de empresas estatales como Rosneft, Moscú obtuvo acceso preferencial al crudo venezolano como forma de pago por apoyo financiero, militar y diplomático. En un contexto de sanciones internacionales, el petróleo venezolano también sirvió como instrumento para evadir restricciones de Occidente y mantener flujos de ingresos indirectos. Para Rusia, sostener a Maduro no fue solo un gesto ideológico, sino una inversión estratégica en energía y proyección hemisférica.
Irán completó el triángulo. Dos regímenes criminales sancionados y aislados construyeron una alianza funcional basada en la evasión. Teherán aportó gasolina, técnicos y asistencia para refinerías colapsadas; Caracas entregó petróleo, oro y rutas logísticas alternativas. No hubo solidaridad revolucionaria: hubo cooperación entre tiranías paria para sobrevivir a sanciones, siempre a costa del pueblo venezolano.
Frente a este historial, resulta cínico que sectores del progresismo global acusen ahora a Estados Unidos de actuar “por petróleo”, como si Rusia, China e Irán no llevaran más de dos décadas beneficiándose del crudo venezolano, sin exigir elecciones libres, sin denunciar torturas, sin cuestionar que cerca de ocho millones de venezolanos hayan huido del país desde 2014 por no tener cómo vivir dignamente en Venezuela.
La diferencia es fundamental. Mientras esas potencias aprovecharon el devacle económico que traen siempre los colectivismo y la debilidad del régimen para extraer recursos y perpetuar la dictadura, Estados Unidos ejecutó una orden judicial contra un jefe de un narcorégimen, acusado de narcoterrorismo y crímenes de lesa humanidad. Confundir justicia con saqueo no es ingenuidad: es doble moral ideológica.
El petróleo venezolano fue utilizado durante años para sostener una tiranía con el silencio cómplice de la izquierda internacional. Hoy, la verdadera pregunta no es quién se interesa por ese petróleo, sino quién permitió y se beneficia de los crímenes de lesa humanidad en Venezuela para que ese crudo fuera saqueado durante décadas mientras se predicaba justicia social.
Venezuela entra ahora en una fase de reconstrucción bajo la tutela de Washington. Este "nuevo momento" requiere que Colombia no sea un espectador pasivo