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Analistas 21/02/2026

Diseñar esperanza en tiempos de incertidumbre

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto
HAROLD-CASTILLA-DEVOZ

Colombia atraviesa uno de esos momentos que no se explican solo con cifras económicas ni con coyunturas políticas. La revolución tecnológica avanza a un ritmo que desborda las instituciones; la inteligencia artificial redefine el trabajo y el aprendizaje; la desigualdad persiste con rostro territorial; la polarización erosiona la confianza social y la contracción de la democracia es una realidad. En días anteriores, al instalar un consejo de rectores de educación superior, volví sobre una afirmación que considero decisiva del Papa León XIV en su carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza: “la educación no es un apéndice de la acción pastoral, sino uno de los lugares donde se juega el futuro de la Iglesia y de la sociedad”. Cambiemos “Iglesia” por “país” y la frase mantiene intacta su fuerza: el futuro de Colombia se está jugando en sus aulas. No se trata de una consigna retórica, sino de una convicción estratégica. En este contexto, la pregunta por la educación deja de ser sectorial y se convierte en estructural: ¿qué tipo de país queremos formar?

La tentación contemporánea es medir la educación únicamente en términos de empleabilidad inmediata o retorno económico, que aunque no está mal pensar así, no es la única forma de medir. Claro que necesitamos pertinencia productiva, pero cuando la educación se reduce a capacitación funcional, pierde su alma y empobrece a la sociedad. Educar, por el contrario, es formar integralmente a la persona. Y esa integralidad incluye ética, sentido, responsabilidad social y apertura trascendente. Colombia no necesita solo más profesionales., necesita mejores ciudadanos, líderes con conciencia histórica y empresarios con ética pública. Necesita servidores que comprendan que el poder es servicio y no privilegio. Esta intuición dialoga hoy con la tradición social cuando se habla de desarrollo humano integral y opción preferencial por los pobres. Pero, más allá del marco doctrinal, tiene una traducción concreta en política educativa: la calidad no puede medirse solo por rankings; debe medirse por inclusión, permanencia y movilidad social real. El desafío es aún mayor ante la irrupción de la inteligencia artificial. Por ello, no podemos delegar en los algoritmos las decisiones que pertenecen a la conciencia. La tecnología amplía capacidades, pero no sustituye el juicio moral ni la responsabilidad humana. La institución educativa del futuro no será la que más software incorpore, sino la que mejor forme conciencia crítica frente al uso del poder tecnológico. Aquí emerge una tensión decisiva: ¿seremos espectadores de la transformación digital o protagonistas de su humanización?

Estamos, como país, en un umbral. Podemos reproducir lógicas tecnocráticas que conciben a los estudiantes como “perfiles de competencias”, o podemos formar personas con dignidad, criterio y sentido de servicio. Podemos consolidar instituciones de educación superior como torres de marfil, o convertirlas en actores éticos y sociales comprometidos con el bien común. La educación superior no puede aislarse de los grandes debates nacionales: reforma laboral, transición energética, productividad regional, paz territorial. Pero tampoco puede perder su autonomía crítica ni su horizonte humanista. En un país fatigado por la polarización, la educación puede ser terreno común. En una economía tensionada por la informalidad y el desempleo juvenil, puede ser palanca de movilidad real. En una cultura digital acelerada y fragmentada, puede ser espacio de interioridad y discernimiento.

Colombia necesita nuevos mapas. Pero, sobre todo, necesita instituciones dispuestas a trazarlos con responsabilidad compartida.

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