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Analistas 14/05/2022

¿Por qué triunfa el populismo?

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School
Analista LR

En las elecciones presidenciales de varios países latinoamericanos han ganado propuestas populistas: desde Pedro Castillo en Perú, hasta Gabriel Boric en Chile, pasando por Bolsonaro y muchos otros. Este fenómeno también conecta de alguna forma con lo sucedido en las elecciones norteamericanas de 2016, cuando triunfó Donald Trump.

El terreno abonado para que pueda germinar el populismo es el descontento generado por la desigualdad social, que consiste en discriminar el acceso de las personas por su posición social, económica, religiosa, sexo, raza, etc. a los recursos de todo tipo, a los servicios y a las posiciones de poder. En muchos países esto no es tan fácil de reconocer, pues existe la idea generalizada de que el sistema premia el talento y el trabajo, independientemente de las condiciones personales. De esta manera, los privilegiados tienden a considerar que su éxito no es más que un indicador de su esfuerzo y virtud. Así, quienes alcanzan la cúspide de la pirámide social terminan creyendo que se merecen todo lo que han conseguido y miran con desdén a quienes no han sido tan afortunados como ellos.

Como dice Michael Sandel, esta “soberbia meritocrática”, hace olvidar lo mucho que le deben a la buena suerte y a las oportunidades que disfrutaron en sus vidas: desde el lugar de nacimiento hasta los colegios y universidades donde estudiaron. La idea de que nuestro destino está en nuestras manos, que “puedes conseguir todo lo que te propongas, si te esfuerzas”, es una espada de doble filo: inspiradora por uno de sus bordes, pero odiosa por el otro. Para quienes no pueden encontrar trabajo o tienen dificultades para llegar a final de mes es difícil escapar de la idea humillante y desmotivadora de que su fracaso es culpa suya, de que todo se reduce a que carecen de talento y el empuje necesario para tener éxito.

Por ese motivo, la protesta contra la injusticia social suele proyectarse hacia los demás: se reclama que el sistema está amañado, que los ganadores han tergiversado o manipulado los resultados para llegar arriba. Pero la protesta contra la humillación tiene una mayor carga psicológica: en ella, la persona combina el rencor hacia los ganadores con una irritante desconfianza hacia sí misma.

La perjudicial mezcla de la soberbia de unos y el resentimiento de otros no parece que sea la mejor manera para resolver las cosas. Se hace necesario encontrar el camino de vuelta a la política del bien común. Por ese motivo, para reparar la fractura de la desigualdad social, se requiere de una solidaridad que solo surge en circunstancias muy especiales, que unen a toda la población alrededor de un objetivo común.

Desafortunadamente, hoy en día el bien común se concibe, principalmente, en términos económicos e incluso se intenta medir, como si fuera parte del PIB, y se considera que tiene poco que ver con el cultivo de la solidaridad, la profundización de los vínculos de la ciudadanía o la construcción de capital social. Todo esto repercute, evidentemente, en un empobrecimiento del discurso público.

Solamente cuando se tiene claro que no estamos aquí más que de paso, aparece la humildad que permite reconocer que Dios o la casualidad nos han ayudado a conseguir todo lo que tenemos y, entonces, somos capaces de ser solidarios con los menos privilegiados.

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