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Analistas 25/09/2021

La pirámide organizacional al revés

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School

Hace unos días, un amigo me decía que las estructuras de las organizaciones y la jerarquía ya no son tan importantes en las empresas. Al final, afirmaba: cada cual brilla por sus propios talentos sin importar donde se ubique en el organigrama.

Lo relevante es la capacidad de identificarse con el objetivo al cual se quiere llegar (visión) y la puesta en práctica de lo que hace la empresa, o sea, las razones para las que fue creada (misión). Este sugerente comentario no me dejó indiferente y quedé rumiando la idea varios días. Por eso, creo que hace falta una explicación…

Como decía Ken Blanchard, una vez establecida la visión y los empleados identificados con ella, una de las principales tareas del directivo es ayudar a sus colaboradores a alinear el modo en que la gente actúa en la organización con la visión de la compañía. De esta forma, se hace más simple y natural conseguir los objetivos marcados y se mueve la energía de la empresa en la dirección correcta. Aquí es cuando el directivo sobresale como animador, defensor y alentador más que como juez, crítico o evaluador.

Todo eso tiene como consecuencia una organización en la que la gente no solo sabe hacia dónde se encamina, sino que además sus miembros estarán capacitados para llegar a esa meta por sus propios medios. Es decir, las personas de la organización están en condiciones de triunfar por sí mismas.

Esto produce un ambiente laboral muy distinto. Cuando el directivo trabaja para su gente, su propósito se convierte en ayudarles a alcanzar sus objetivos, porque ahora son exactamente los mismos que los de la empresa. Precisamente, la tarea del líder consiste en ayudar a la gente a brillar, apoyándoles y eliminando las barreras, de manera que puedan alcanzar los objetivos que conseguirán que la visión se convierta en realidad.

A veces, la inercia o las organizaciones demasiado jerárquicas son esas barreras. Por eso, y aunque parezca contraintuitivo, el directivo tendrá que estar dispuesto a rotar la pirámide organizacional dejando la punta hacia abajo para permitir poner en práctica la visión adecuadamente. Con este cambio, los que quedan en la parte superior de la organización son los que están en contacto directo con los clientes. Ahora son los clientes los que están ubicados en la cumbre de la organización, mientras que la alta dirección queda en la parte de abajo de ese nuevo organigrama con forma de pirámide invertida.

Cuando “filosóficamente” todo se invierte, el directivo trabaja para que su gente ponga en práctica la visión y los objetivos. Aunque parece un tema meramente estético, en realidad, este cambio supone una diferencia importante entre quién es el responsable y quién es el que está bien dispuesto. En la pirámide tradicional, el jefe es siempre responsable y los subordinados, se supone, que están bien dispuestos a aceptar lo que pida el jefe. Con la pirámide del revés, la gente se convierte en responsable y la labor de la dirección consiste en estar bien dispuesta hacia lo que planteen sus colaboradores.

En este nuevo escenario, el directivo antepone las necesidades de sus empleados y los miembros del equipo a las suyas y se convierte en un líder de servicio. Así, los directivos están al servicio de sus colaboradores que, a su vez, están al servicio de los clientes.