En días pasados, un amigo, presidente de una compañía a la que a pesar del covid-19 le va muy bien en sus resultados económicos, me dijo que después de más de setenta días en su casa sin salir, notaba cómo el encierro iba haciendo mella en su estado de ánimo. Se sentía en una especie de montaña rusa de emociones: había días que se levantaba por la mañana pletórico y optimista; pero había otros en los que no tenía ganas ni de salir de la cama… También me explicó cómo notaba mucho más a flor de piel la sensibilidad propia y la de sus colaboradores. Ahora debía ser más cuidadoso en el momento de pedir cuentas a las personas que son sus reportes directos, pues en algunos casos mostraban fácilmente su enfado o enojo. La empatía se volvió más necesaria que nunca. Reflexionando sobre todo eso, consideraba que otra de las cosas que nos ha traído la cuarentena es la de reconocerse vulnerables. Mientras le escuchaba, pensaba: ¡no eres el único! A todos nos pasa lo mismo…

Hemos cambiado en muy pocos días a un modelo de trabajo desde la casa. Sin embargo, a pesar de las evidentes ventajas, no todo es positivo, pues ahora son más las horas que pasamos trabajando frente al computador para demostrar el compromiso con la compañía y que el jefe no se preocupe por nuestra productividad. El mantra actual en muchas empresas es: “tenemos que hacer más con menos”, pero eso no es sostenible. Las reuniones se multiplican, los horarios se alargan y fácilmente se descuidan otras cosas importantes como el descanso o la familia. Eso significa que habrá que mantener la disciplina y la moral durante muchas semanas, si no meses. Y eso va a ser más duro de lo que parece.

Además, con el reciente aumento en nuestro país de las cifras de enfermos y fallecidos estamos entrando en un periodo nuevo y más oscuro de este “drama en desarrollo”. Con la prolongación del encierro corremos el riesgo de quedar atrapados en el miedo a enfermarnos. Ahora, la incertidumbre y la falta de esperanza nos lleva a aferrarnos a lo poco que tenemos con todas nuestras fuerzas, incluso a costa de renunciar a la libertad de salir, saludar a los amigos y abrazar a los seres queridos. Van a transcurrir muchos meses antes de que algunos de nosotros nos volvamos a ver cara a cara, a pesar de vivir en la misma ciudad. Aceptamos todo, con tal de prolongar la vida un poco más. ¡Estamos en una inmensa cárcel de prisioneros voluntarios!

En ocasiones, tendremos que fingir que somos felices, incluso cuando no lo estamos, porque es importante que otros vean nuestro optimismo en estas circunstancias. El diagnóstico de la situación es simple y hay que aceptarlo: no es más que cansancio. Como dice Emma Seppälä, el cansancio va asociado al sentimiento de soledad que surge del agotamiento, por eso cuanto más cansado, te sientes más solo. Así que, el descanso será el reencuentro. Volver a compartir con los demás.

Toda esta situación requiere parar y recapacitar. Es el momento de tener claras las prioridades, establecer límites, por ejemplo, delegando cuando sea preciso, diciendo ¡no! a proyectos innecesarios y cuidando mejor de uno mismo. Pero, de alguna manera tenemos que continuar. Así que vive el presente, disfruta cada día como viene y aprovéchalo al máximo, para ti y para los demás. Ese día es único e irrepetible. No lo dejes pasar.