ANALISTAS

Ser y hacer
sábado, 18 de julio de 2020

Más columnas de este autor Aldo Civico - aldo@aldocivico.com

Cerca de una pequeña aldea rural de la India vivía una serpiente enorme y gorda que venía atacando a sus habitantes, matando a varios con sus mordiscos venenosos. La gente vivía aterrorizada, varios niños habían muerto también. A pesar de varios intentos, los habitantes de la aldea no lograban capturar al enorme animal. Resolvieron, así, recurrir al sabio del pueblo, un hombre anciano. El sabio les aseguró que iba a buscar a la serpiente para hablarle. Finalmente, el sabio la encontró y le preguntó qué estaba pasando. “La gente vive aterrorizada. ¿Qué te hizo esta gente para que los sigas atacando y matando, asesinando incluso a niños?”. El sabio le habló despacio, con voz suave, sin amenazar. Finalmente, el reptil prometió no volver a matar a los habitantes de la aldea. La serpiente cambió del todo sus modalidades y se volvió inocua y dócil, y hasta transformó su apariencia física; se convirtió en un gusano alargado, flaco y flojo. Perdió su poder y nunca más se atrevió a atacar a nadie. Los habitantes de la aldea tenían una memoria corta, y muy pronto empezaron a molestar y atormentar a la serpiente. Hasta le tomaban el pelo diciendo, “¡Tiene colmillos venenosos, pero nunca los utiliza!”. Los niños la pateaban y le tiraban piedras. Frente a toda esta falta de respeto y abuso, la serpiente no reaccionaba. Se quedaba indefensa. Después de unos meses, la serpiente resolvió ir a donde el viejo sabio para quejarse y le dijo: “Hice todo lo que me pediste hacer, pero ya no siento que soy yo misma. Los habitantes de la aldea me faltan el respeto y no me temen. No sé qué hacer”. “Es muy simple”, le dijo el sabio, “Yo te prohibí que mataras a los aldeanos, pero ¿Te pedí que no usaras tu esencia aterradora?”

En la vida enfrentamos experiencias que nos hacen perder nuestro norte. Se trata de regaños, accidentes, pequeños o grandes fracasos que terminan dañando nuestra confianza y espontaneidad. Es como si una parte vital de nosotros mismos nos abandonara. Las culturas ancestrales hablan de una pérdida del alma. Muchas veces estos episodios pasan cuando estamos todavía pequeños. Hace un tiempo, conversando con un ejecutivo que se controlaba mucho en sus modalidades, hasta parecer muy rígido, le pregunté cómo era de niño. Me contó que era muy extrovertido y espontáneo. Era el líder entre sus amigos, siempre disponible para contar chistes y hacer bromas. Le pregunté: ¿Cuándo una parte de ti decidió que no te convenía ser espontáneo? Mi interlocutor sonrió. “Me acuerdo muy bien. Fue en secundaria. Estaba en el auditorio del colegio, riéndome con mis compañeros mientras que el rector estaba dictando una conferencia. Me convocó frente a todos y me desafió a repetir lo que él acababa de decir. Naturalmente no fui capaz y me jaló las orejas. Yo sé que fue en este momento que dejé mi espontaneidad”. Hoy, gracias a Dios, este ejecutivo recuperó su espontaneidad, fruto del haber vuelto a conectarse con su yo auténtico. Este cambio, además tuvo efectos positivos en su rendimiento. De hecho, ya cómo adulto distingue muy bien entre los momentos cuando los chistes son oportunos y cuando las circunstancias requieren seriedad y enfoque. Podríamos decir que recuperó su alma, o sea su esencia.

Podemos vivir de manera más constructiva estos tiempos de incertidumbre si, en lugar de actuar desde nuestros miedos, pausamos para reencontrarnos con nuestra esencia, y así tomar decisiones desde la conexión con nuestro yo auténtico. Nos irá mucho mejor si lo que hacemos es cada vez más una expresión de nuestra esencia.