Analistas 08/06/2020

La tragedia de Andrés Arias

La decisión de la Corte Constitucional sobre la segunda instancia para el caso de Andrés Felipe Arias es una noticia relativamente buena para este colombiano que ha sido víctima de tanta infamia. Ahora, que la decisión no hubiera sido unánime es clara demostración de lo patética que es la justicia en Colombia. Arias está en las que está por culpa del hecho de que la gente lo conoce como Uribito. Su tragedia es función única y directa del hecho que la izquierda radical lo reconoce como el más fiel seguidor de los ideales del presidente Alvaro Uribe Vélez. La mala noticia es que el presidente de la Corte Suprema ya juzgó nuevamente el caso al mandar una aberración de video a través de las redes sociales. La realidad es que el exministro la va a tener muy difícil, porque es clarísimo que la Corte Suprema no es un tribunal imparcial. Muy triste, porque Arias es inocente de lo que se le acusa. La cosa es tan dramática que hasta alguien como yo, que no sabe nada de derecho, tiene la capacidad de captar el tamaño de injusticia que se cometió en el caso de Arias.

Le recuerdo al lector los pormenores del caso. Según la Fiscalía de la época, el crimen de Andrés Arias fue el haber contratado un programa de riego con el IICA sin haber convocado previa licitación, y haber robado a favor de terceros. Para los que no saben, el IICA es la OEA. Si, así como lo leen, la Organización de Estados Americanos. Para la Fiscalía de la época, que el Ministerio de Agricultura hubiera firmado 162 contratos de asesoría con el IICA en el pasado, sin previa licitación, fue una “minucia” que no dio espacio para darle la razón a la defensa de Arias, la cual argumentaba que el exministro había seguido las prácticas previamente establecidas dentro del Ministerio cuando firmó la contratación directa. Para la Fiscalía y la Corte Suprema de Justicia de la época, únicamente el contrato firmado por Arias con el IICA fue criminal. El resto, todos NO licitados, no lo fueron. Póngale el adjetivo que quiera a semejante exabrupto.

El otro cargo era que supuestamente Arias robó para ayudarle a unas familias adineradas de Santa Marta. Según los mal intencionados de siempre, los Akerman y los Coronelles, la idea era que Arias le daba plata a los Dávila y los Dávila le donaban a su campaña para la Presidencia. Pues resulta que esas familias que recibieron los subsidios no le donaron dinero a la campaña de Arias. ¿Quién dijo? La misma Fiscalía, que acusó a Arias de peculado a favor de terceros, pero no pudo probar que ese peculado se filtró en la campaña. Es más, durante el juicio quedó completamente claro que el señor Dávila no conocía al exministro Arias cuando le fueron adjudicados los subsidios. Déjeme repetirlo para que quede muy claro: a Arias se le acusó de robar a favor de unos terceros que él ni siquiera conocía.

En la época de la condena de Arias, el ministro Carrasquilla escribió una columna en la que argumentaba que el precedente de Arias iba a ahuyentar a mentes prodigiosas de trabajar en el sector público, pues los riesgos personales de servirle al país eran demasiado altos. Sigo pensando que lo de Arias ha alejado a mucha gente decente de la idea de aceptar trabajar para el gobierno (me incluyo). No soy amigo de Andrés Arias. Lo he visto una vez en mi vida. Y me sigue doliendo mucho su tragedia. Ojalá Arias pueda recibir un juicio justo de un tribunal idóneo en esta ocasión. Lo último que se pierde es la esperanza.