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“A veces hacer algo conduce a nada”. El esfuerzo humano se disuelve con el tiempo. Hay sociedades que trabajan incansablemente, hay ciclos de esfuerzo colectivo arduo, hay ejercicios a los que se les invierte mucha energía, oficios donde el trabajo es real, donde el cansancio es real, pero, a veces, las cosas no logran consolidarse.
Hay mucha fragilidad en lo que los seres humanos intentamos construir. La hay en nuestros proyectos y la hay en nuestras ambiciones.
En 1997, el artista belga Francis Alÿs realizó una acción de arte conceptual, muy reconocida, por cierto, en la cual empujó un gran bloque de hielo por las calles del centro de Ciudad de México durante aproximadamente nueve horas, hasta que el hielo se derritió por completo. No quedó nada. La obra se llamó Paradox of Praxis I (Sometimes Making Something Leads to Nothing): “A veces hacer algo conduce a nada”.
Creo que todos hemos sentido, por momentos, que el mundo exige mucho para resultados mínimos. Más en este mundo de hoy, en el cual el rendimiento está altamente ligado al resultado pragmático.
¿Quién no se ha sentido, alguna vez, “empujando” algo pesado, inútil y destinado a desaparecer?
Se construye, se avanza y los resultados se evaporan. Este tipo de situaciones cotidianas, donde el progreso parece diluirse, son muy propias de las economías y los sistemas latinoamericanos. Sociedades con un alto sentido de frustración que contemplan otras rutas para esquivar la percepción densa que les grita que sus esfuerzos sirven para poco, pues no dejan nada.
Es allí donde el arte, a través de su simbología poderosa, puede abrir reflexiones y acciones profundas que pueden, a su vez, cambiar el consciente colectivo, producir y reproducir esquemas de pensamiento y ejecución que contravengan la forma como muchas veces nos observamos en nuestra cotidianidad.
El ejemplo de la obra de Alÿs empujando el hielo es contundente. Hay esfuerzo permanente, hay precariedad, hay informalidad, hay trabajo duro con resultados inciertos, hay un aparente absurdo frente a un esfuerzo que no lleva a ningún lugar, hay juicio; algunos miran con extrañeza, otros se burlan, otros más pasan de largo. Y, al final, el artista termina sin nada en sus manos. El objeto ha desaparecido, el esfuerzo se ha evaporado.
Para todo el que sienta que su resultado puede estar siendo efímero, la obra puede reconfigurarle el camino, pues es un diamante en cuanto a su verdadero significado:
Cuando una acción parece conducir a nada, puede conducir a algo más profundo: a la comprensión. Y es que el arte probablemente no está para explicarnos el mundo, pero sí para ayudarnos a comprenderlo de otra manera y, en esa tarea también, ayudarnos a comprendernos y a gestionarnos a nosotros mismos.
Comprender, por ejemplo, en este caso, que no todo debe encontrar su sentido en el resultado viable o acumulable, sino en el acto mismo de realizarlo. En la persistencia del gesto, en la experiencia del tiempo vivido, en la dignidad que habita en el esfuerzo y en la conciencia de nuestra propia condición humana frente a lo que desaparece, es decir, frente a todo.
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