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Analistas 12/05/2026

Mensaje para candidat@s

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor titular de la Universidad Eafit
LUIS-FERNANDO-VARGAS
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Colombia se aproxima, una vez más, a una elección presidencial donde abundan las promesas internas y escasean, como de costumbre, las discusiones serias y duras sobre su posición en el mundo. Como si las relaciones internacionales y la política exterior fuesen un asunto ornamental, secundario o exclusivamente diplomático, buena parte del debate público continúa ignorando que las grandes tensiones contemporáneas condicionan cada vez más la estabilidad interna de las naciones.

Aspectos como la transición energética, la rivalidad entre los grandes poderes, las crisis migratorias, el crimen transnacional, la seguridad alimentaria o la transformación del comercio global son fundamentales en la agenda de cualquier gobierno. Por tanto, gobernar a Colombia ya no consiste únicamente en administrar problemas domésticos; también exige comprender el sistema internacional y actuar estratégicamente dentro de él.

La política exterior no debería entenderse solo como la relación protocolaria entre gobiernos. Representa, sobre todo, la capacidad estatal para convertir su posición geográfica, sus regiones, sus alianzas y sus recursos en instrumentos de desarrollo, estabilidad y proyección internacional. Hoy, ningún Estado enfrenta aisladamente sus desafíos estructurales.

Varias de las regiones más críticas del país evidencian esta realidad. El Caribe colombiano requiere una visión geoestratégica mucho más ambiciosa alrededor de la seguridad marítima, el comercio, la conectividad y la transición energética. El Pacífico, históricamente marginado, difícilmente podrá integrarse plenamente al desarrollo nacional sin una estrategia sostenida hacia Asia-Pacífico, acompañada de infraestructura, inversión y presencia estatal efectiva. Del mismo modo, territorios como el Cauca y el Catatumbo muestran que fenómenos como el narcotráfico, las economías ilícitas, el tráfico de armas y la violencia armada poseen dimensiones transnacionales imposibles de resolver únicamente desde Bogotá.

Algo similar ocurre con el problema de las drogas ilícitas. Colombia no puede continuar enfrentando en solitario una economía criminal cuya existencia depende de redes globales de consumo, lavado de activos y tráfico internacional. Reducir esta discusión a respuestas exclusivamente militares o policiales ya demostró, desde hace un par de décadas, ser insuficiente. La nación necesita una estrategia de política exterior capaz de liderar una conversación internacional seria sobre corresponsabilidad, desarrollo territorial, sustitución de cultivos con efectos económicos y cooperación duradera en el tiempo. Superar el papel histórico de Colombia como principal productor de cocaína en el mundo debería convertirse en un objetivo estratégico estatal, respaldado por compromisos compartidos con los gobiernos de las naciones consumidoras.

Resulta preocupante que muchos proyectos presidenciales continúen hablando del mundo como un escenario secundario, cuando, en realidad, la estabilidad económica, la seguridad, la energía, la tecnología e incluso la gobernanza dependen cada vez más de la posición que ocupe Colombia dentro del sistema internacional. Un Estado que renuncia a pensar estratégicamente su inserción global termina reaccionando tarde frente a las transformaciones del entorno.

Quizás haya llegado el momento de exigir algo más que programas internos de gobierno. También sería necesario conocer qué visión internacional existe para Colombia, qué papel se espera que desempeñe en medio de las nuevas tensiones globales y de qué manera esa estrategia contribuirá a resolver los problemas históricos del territorio nacional. Porque hoy, más que nunca, gobernar Colombia también implica saber leer el mundo.

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