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En el Gráfico 1 uno ve la diferencia entre nosotros -un tigre que busca su estartazo, digamos- y los tigres asiáticos que arrancaron hace rato: Corea, Taiwán, Hong Kong y Singapur, y lo ve en tres dimensiones esenciales: el desarrollo, la libertad económica y la democracia. Todo medido en relación con lo que ha pasado en Estados Unidos entre 1970 y 2023, último año en que contamos con las tres cifras.

Por supuesto, los números son sujetos de controversia, pero, como decimos los economistas cuando usamos indicadores imperfectos que no le encajan al crítico de turno: muéstreme uno mejor y con gusto lo utilizo.
Para aproximar el concepto de desarrollo uso el PIB per cápita, corregido para captar tanto los procesos inflacionarios como las diferencias en poder adquisitivo en países tan diferentes. Para medir la libertad económica uso un índice que diseñó el Fraser Institute, el cual incluye factores como las trabas al comercio internacional, el peso de los obstáculos regulatorios, el respeto por la moneda, y así. Finalmente, para medir la vigencia de las instituciones democráticas uso un índice diseñado por investigadores de la Universidad de Gotemburgo que incluye la existencia y transparencia de los procesos electorales, la libertad de expresión y de asociación, y un largo etcétera.

Pues bien, la historia es clara. Durante los últimos 50 años los colombianos no hemos logrado avanzar un ápice en materia de desarrollo, mientras que los tigres asiáticos pasaron de ser igualitos a nosotros a igualar a los Estados Unidos en un par de generaciones. Eso ha ocurrido en el contexto de un grado sistemáticamente alto de libertad económica y de un avance democrático, acaso insuficiente.
La conclusión que sugieren los gráficos es esta: para crecer se necesitan libertades económicas y políticas que incentiven el flujo y la discusión de ideas y la adopción eficiente de iniciativas comerciales. En el caso específico de los países inicialmente pobres, como nosotros, eso equivale a un ordenamiento institucional que sea consistente con la incorporación de las mejores prácticas disponibles en el mundo a todos los procesos productivos.
Cuando el ordenamiento institucional -que en el fondo es un equilibrio político, construido democráticamente- sencillamente no lo permite, el país se estanca crónicamente. Ello se ve, por ejemplo, en el hecho de que los trabajadores colombianos, que laboran muchas más horas que sus pares en Estados Unidos, solo cuentan con una fracción del capital del que disponen ellos (Gráfico 2). Por eso producen solo una fracción de lo de allá, y por eso no se ha logrado avanzar en productividad y calidad de vida.
Las proyecciones de mediano plazo para Colombia no son alentadoras. Todo lo contrario. Sin sentarnos todos en una mesa en la cual tengamos una discusión muy seria, con decisiones colectivas y de fondo que por supuesto van a implicar la pérdida de privilegios para el votante mediano, no cabe esperar un futuro distinto a una infinita prolongación de la línea roja, tan tristemente horizontal, que muestran los gráficos de manera cruda y contundente.
El cambio económico es que puede reducir de forma radical el costo, el tiempo y el talento necesarios para tareas que antes requerían especialistas