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Analistas 17/05/2022

A la maldita sea

Adriana Gutiérrez Ramírez
Gerente de Bloom Ecoworking

“A la maldita sea” logré concluir que este tema de desarrollar consciencia en cualquier ámbito de la vida nos cuesta mucho trabajo y que en realidad casi siempre aprendemos de manera significativa a través del dolor y el miedo.

Quienes de alguna manera trabajamos en pro del desarrollo sostenible, señalamos con insistencia la necesidad de que en nuestros países y regiones se comience con prontitud a regular el tema y así lograr una transición económica hacia la circularidad de manera sostenida y armónica.

Hace poco olvidé que mi vehículo tenía pico y placa. Salí a trabajar como si nada, luego me percaté del asunto y regresé a mi casa y cambié de vehículo. Mientras me dirigía en el mismo, de nuevo a mi trabajo, llegó un bombardeo de cuestionamientos a mi cabeza. Todo parecía automático, pero al llegar al semáforo pensé en lo difícil que es para nosotros salir de la zona de confort. Lo difícil que es renunciar a un día sin vehículo y aportar al planeta desde la consciencia y no desde las consecuencias que trae el no cumplir una norma.

Lo mismo da cambiar de vehículo, pues al fin y al cabo estamos emitiendo y contaminando en nuestro desplazamiento. Nos cuenta pensar en medios alternativos limpios como: desplazarnos a pie, en patineta o bici normal o eléctrica. Justo en ese momento pensaba en lo importante que son las regulaciones y las restricciones para la transformación de la sociedad y por ende para la salud del planeta, pero a su vez pensaba en lo dañinas que son cuando en lugar de castigar un mal comportamiento, el derecho del asunto sería educar y sentar las bases desde la escuela sobre estos asuntos que nos compete a todos.

Sin duda, pertenecemos a una generación que fue educada en términos muy coloquiales “a la maldita sea”, en la cual la frase pedagógica favorita de algunos padres y profesores era: “la letra con sangre entra”. Sin el ánimo de generalizar pero sin duda muchos crecimos viendo comerciales apocalípticos y terroríficos sobre el cambio climático y eso nos llenó de miedo y desconfianza. Nos acostumbramos a tener miedo, miedo a las normas, a las sanciones económicas, a salir de la zona de confort y a que la pedagogía social nos funciona mejor sembrando terror en vez de árboles.

Crecimos viendo imágenes muy crudas sobre accidentes de tránsito a causa de no usar un cinturón o por conducir embriagados y claramente funcionó, hoy muchas personas evitan hacerlo pero por miedo y no por convicción o consciencia.

Lastimosamente, muchos de nosotros aprendimos a conducir con el cinturón puesto y sin ingerir bebidas alcohólicas, como también a no fumar en lugares cerrados y a respetar el pico y placa con firmeza… el borracho, el muerto y la calavera nos acompañaron desde la distopía junto con la sanción económica como medida de cambio, sin una preparación genuina y consciente desde el hogar y la escuela.

En la sostenibilidad urgen la regulación y la comunicación pero bajo un mensaje radicalmente diferente y utópico, muy diferente al tradicional océano lleno de basura, animales y personas muertas, que aborde la problemática desde la cultura y la toma de consciencia. Soñar con que algún día de manera voluntaria dejemos el auto en la casa, hagamos carpooling, usemos medios alternativos de transporte más limpios es posible, pero cuesta tiempo y mucha creatividad. Veo con claridad unas nuevas generaciones más conscientes a las que no se tendrán que regular de una manera tan restrictiva y sancionatoria porque están creciendo con unas bases un poco diferentes a las nuestras.

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