A las dificultades que la pandemia le generó a nuestra economía se sumó la incertidumbre política causada por la detención arbitraria del presidente Uribe, que permaneció poco más de dos meses privado de la libertad, sin que mediara prueba ninguna en su contra.

No abusaré de este espacio para hacer un análisis de naturaleza penal, el cual podría resumirse de manera simple: Álvaro Uribe está vinculado a un proceso de manera injusta y carente de evidencias. Recién se produjo su captura, publiqué una columna afirmando que la misma traería tremendas consecuencias de orden económico.

El presidente Uribe es el dirigente político más importante de Colombia y, de lejos, el único que tiene la capacidad para liderar un proyecto eficaz en la contención de los promotores del “neocomunismo”.

La extrema izquierda es consciente de su imposibilidad de imponerse democráticamente frente a Uribe. Y sus líderes y seguidores saben que, en franca lid, él es imbatible.

Pero Marx hace mucho tiempo les brindó la fórmula: la combinación de todas las formas de lucha que tanto les sirvió hace un siglo a los bolcheviques y que se constituyó en la herramienta de preferencia de Stalin, quien se mantuvo como secretario general del Partido Comunista Soviético durante 30 años, a través del aniquilamiento o encarcelamiento de sus rivales. 30 millones de cadáveres son prueba de esa “solución” letal.

La libertad del Gran Colombiano se constituye en nuevo aire para nuestra amenazada democracia y, por supuesto, para el renacer de la deprimida economía. Por lo menos, contamos con la certeza de que tendremos al líder idóneo para hacerle frente a la corriente de extrema izquierda que impondrá un modelo comunista, en caso de ganar las elecciones de 2022.

No se trata de “macartizar” a la oposición, sino de comprender en su real magnitud el peligro que esta encarna. Oportunamente me referí al planteamiento hecho por Iván Cepeda a las pocas horas de haber sido decretada la medida de aseguramiento contra Uribe, cuando habló de cobrarles una “deuda” histórica a los ricos y de suspender la guerra contra el narcotráfico, entre otros aspectos.

De materializarse la amenaza de quien es conocido en el sistema penitenciario de Colombia como “Don Iván”, estaríamos ante una inminente política de expropiación de la propiedad privada para efectos de “saldar” la deuda de la que él habla. Así mismo, el Estado colombiano automáticamente se convertiría en un narco-paraíso, abundante en coca y con el camino despejado para que los traficantes de cocaína -como “Jesús Santrich” e “Iván Márquez”- hagan de las suyas. ¿Se imaginan las consecuencias de dicho panorama?

Con el presidente Uribe en libertad, nuestra democracia y régimen de libertades tienen a un gladiador a su servicio. Él, al margen de afectos o desafectos personales, es un hombre que ha entregado y seguirá entregando su vida al servicio de la causa colombiana. Con la admiración que siempre he sentido hacia el presidente Uribe, cierro estas líneas diciéndole a él: ¡Bienvenido a esa libertad que jamás debió habérsele coartado, presidente!