No podemos dejar que las discusiones de los analistas y los expertos en economía nos desenfoquen de la realidad. La semana pasada el Dane reveló que la economía nacional tuvo una caída de 9% en el tercer trimestre del año, continuando una tendencia que se reflejó en el segundo trimestre, cuando la reducción fue de 15,8%.

La teoría indica que, si un país completa dos trimestres consecutivos con indicadores económicos negativos, debe concluirse que hay recesión. Desde hace dos décadas eso no nos sucedía. Y no es para menos. Este ha sido un año demoledor para la economía nacional. El aparato productivo estuvo paralizado durante los casi cuatro meses en los cuales rigió el aislamiento obligatorio decretado por el Gobierno, para contrarrestar la expansión de la pandemia.

Nos encerramos para salvar vidas. Habría que acudir a la bola de cristal para saber si efectivamente el confinamiento fue útil para desacelerar a la pandemia. Lo cierto e incontrovertible es que los casos confirmados de covid-19 nos ubica en la poco halagüeña lista de los 10 países con mayor número de personas contagiadas, con una tasa de letalidad de 2,8%.

Conocido el dato del Dane, se desató un debate que, honestamente, considero inane e inoportuno. No pocos “expertos” en asuntos económicos se volcaron a lanzar teorías exóticas con las que pretenden hacer creer que efectivamente no estamos en recesión. Según esas personas, no existe una regla universal para concluir que hay recesión.

Olvidémonos por un instante de la definición y enfoquémonos en la realidad de la calle. El PIB está desplomado; el desempleo, disparado, y las perspectivas no son las más amables. Lo he dicho y lo repito: el año que viene será aún más difícil que este. En 2021 empezaremos a sufrir los efectos de muchas situaciones que hasta ahora están empezándose a registrar.

La economía global está deprimida, y nosotros, que dependemos de las exportaciones, tendremos grandes dificultades para ampliar o, al menos, para mantener nuestros mercados. Igualmente, la inversión extranjera directa, que ha caído aceleradamente, no tiene perspectivas positivas, por lo menos para los primeros meses del 21.

A la inestabilidad económica, se sumará la crisis social causada por la insoportable polarización política que irresponsablemente es alentada desde las toldas de la extrema izquierda “neosocialista” que le está apostando el todo por el todo al colapso total para apuntalar un discurso populista con el que buscará alzarse con la victoria en las elecciones de 2022.

Al final del día, discutir si estamos o no en recesión no le resuelve el problema a la gente que no tiene empleo, o que carece de los recursos suficientes para garantizar su subsistencia.

En momentos dramáticos como los actuales, no puede haber desconexiones que resultan antipáticas. Tenemos que conectarnos con las carencias de millones de compatriotas, buscar soluciones plausibles y ponerlas en marcha, sin demoras de ninguna naturaleza.

Insisto que el gobierno del presidente Duque está en la obligación de marcar distancia de los nocivos portaestandartes de la ortodoxia económica y gozar de la libertad suficiente para incorporar medidas audaces que sirvan para darle oxígeno a nuestra asfixiada economía.