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La universidad y la empresa se encuentran justamente ahí: en la tarea de formar personas técnicamente competentes, sí, pero también intelectualmente sólidas y moralmente responsables
Hay algo llamativo en muchas conversaciones sobre inteligencia artificial: abundan los copilotos, los agentes y los asistentes, pero no siempre resulta claro quién sigue ocupando la cabina. Tenemos más capacidad de procesamiento, más velocidad y más apoyo técnico que nunca. Y, sin embargo, la pregunta de fondo empieza a ser otra: ¿quién está conduciendo realmente?
Esa es, tal vez, la discusión más importante para la alta dirección. No porque la tecnología haya perdido relevancia, sino porque su aceleración ha puesto en primer plano algo menos vistoso y más decisivo: el criterio humano. La diferencia ya no estará solamente en quién incorpora nuevas herramientas, sino en quién conserva la capacidad de orientar su uso, interpretar sus resultados y responder por sus consecuencias.
Un informe reciente del McKinsey Health Institute y del Foro Económico Mundial lo plantea con acierto al hablar de human advantage: en la era de la IA, el valor de las organizaciones dependerá cada vez más de su brain capital, es decir, de capacidades como el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia, la flexibilidad y las habilidades interpersonales. No se trata de atributos blandos ni decorativos. Se trata de condiciones para decidir bien en entornos cada vez más asistidos por sistemas inteligentes.
Por eso conviene poner el problema en su verdadera escala. La IA puede procesar, sugerir, correlacionar y acelerar. Lo que no puede hacer por una organización es darle criterio. No puede reemplazar la comprensión del contexto, la ponderación prudente de un riesgo, la lectura institucional de una decisión ni la responsabilidad de asumir sus efectos. Puede ampliar la capacidad de actuar; no resuelve por sí sola el sentido de la acción.
Ahí aparece la ventaja humana de la alta dirección. No en resistirse a la tecnología ni en delegarse ciegamente en ella, sino en mantener la lucidez necesaria para conducirla. En un entorno saturado de recomendaciones automáticas, lo escaso no será la información, sino la capacidad de distinguir lo importante de lo accesorio, lo conveniente de lo dañino, lo útil de lo valioso.
Esto tiene una consecuencia práctica que no deberíamos subestimar. Las organizaciones que mejor se adapten no serán, necesariamente, las que más herramientas acumulen, sino las que formen directivos y equipos capaces de pensar mejor con ellas. La universidad y la empresa se encuentran justamente ahí: en la tarea de formar personas técnicamente competentes, sí, pero también intelectualmente sólidas y moralmente responsables.
Tal vez por eso la pregunta no debería ser cuánto más puede hacer la inteligencia artificial por nosotros. La pregunta es si estamos fortaleciendo aquello que sigue haciendo humana una decisión: juicio, criterio y responsabilidad.Porque si la cabina empieza a llenarse de asistentes, pero nadie sostiene con claridad el rumbo, el problema ya no será tecnológico. Será directivo.
Y si la ventaja humana consiste, precisamente, en saber conducir en medio de tanta asistencia, ¿estamos formando a quienes deben decidir para ocupar de verdad ese lugar? Abro el hilo.
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