miércoles, 28 de agosto de 2019

La tecnológica avanza y las tareas productivas deben adaptarse. El papel del gerente es el de entender estas dinámicas

Javier Delgado Pérez

Iniciamos la recta final de este año que marca el fin de la segunda década del siglo XXI y recuerdo esa sensación futurista de finales del siglo XX.

Estudiaba los principios de la Teoría General de la Administración que planteaban Taylor y Fayol, y hacia una reflexión sobre la pertinencia de estos postulados industriales en el tipo de empresa que se acercaba en medio de la incertidumbre del nuevo siglo. También recuerdo que nos decían en la academia que los estilos gerenciales se transformaban hacia la consolidación de líderes que debían inspirar a la organización en unos procesos de cambios cada vez más rápidos.

Con la llegada del nuevo milenio, las transformaciones tecnológicas iniciaron su escalada exponencial, año tras año la era de la información y la comunicación se trasformaba en una era de la conectividad, conferencias inmediatas alrededor del mundo en tiempo real y con plataformas que permitían compartir datos en todos los formatos.

La liberalización del conocimiento y la democratización de la información hacían parte de esta realidad en la cual las empresas y sobre todo los gerentes debían ejercer sus funciones de liderazgo y de compromiso con el desarrollo social.

Esas ilusiones futuristas planteadas en el siglo XX se empezaron a hacer realidad. Hoy, el desplazamiento del trabajo humano es evidente, pero no tan apocalíptico como lo dibujaban los futurólogos de mediados y finales del siglo pasado.

La tecnológica avanza y las tareas productivas deben adaptarse a estos cambios. El papel del gerente es el de entender estas dinámicas para optimizar la producción sin entrar en el conflictuoso detrimento de la capacidad laboral de las familias.

Llegan entonces los desarrollos tecnológicos en artefactos y aplicativos que facilitan un contacto permanente a distancia, favoreciendo entre otras cosas, el desarrollo armonioso de la personalidad en la medida en que permiten mejorar el bienestar de los empleados.

El teletrabajo permanente, periódico o itinerante es un gran ejemplo del uso eficiente de las tecnologías para minimizar el impacto en la salud mental y ambiental de los ciudadanos. Mental, porque los volúmenes de tráfico y las largas distancias (las familias prefieren localizarse en ambientes rurales lejanos de los sistemas urbanos congestionados); y ambiental, porque los desplazamientos generan un intensivo uso de combustibles fósiles, derivados del petróleo y de la industria extractiva en general que afectan las condiciones ambientales y la calidad del aire.

Ante esta realidad y no obstante las condiciones de la cultura empresarial colombiana, las compañías deberían recordar esos principios fundamentales de la TGA y repensar sus tareas y procesos para evaluar cuáles podrían realizarse de manera remota y tomar decisiones para lograr un aumento en la competitividad, vía al mejoramiento del clima organizacional, disminución de costos de info e infra estructura y estilos de producción colaborativa.

Esto es válido en nuestro país si consideramos que, según los últimos datos de crecimiento, nuestra economía está siendo jalonada por el sector de servicios (financieros, comerciales y de comunicaciones) que crecieron por encima de 4%, según datos del Dane.