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EDITORIAL

Una política de Estado llamada Camino a Cero

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El Gobierno pica en punta con una estrategia ambiental a largo plazo, pero se necesita que los candidatos presidenciales y los líderes a largo plazo se comprometan con sueños verdes

LR

Comenzó la Vigésima Sexta Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP26, en Glasgow, una cita mundial en la que líderes de más de 190 países discutirán, hasta el viernes 12 de noviembre, acciones para enfrentar las amenazas climáticas que enfrenta el planeta.

El presidente, Iván Duque, picó en punta, no fue gregario y lanzó “Camino a cero”, una política pública de largo plazo para convertir al país en pionero de las estrategias para proteger el ambiente de los cambios inminentes. Es loable lo que ha hecho el Gobierno de pensar a tres décadas, siete periodos de gobierno, para implementar medidas que le garanticen a las nuevas generaciones de colombianos un mejor país en términos ambientales, o por lo menos iguales, a las que recibieron las generaciones activas.

Según esa hoja de ruta trazada por el Gobierno Nacional, el país debe lograr neutralidad de carbono en 2050, acción que convertirá a Colombia como el país más resiliente y adaptado al cambio climático y los desafíos naturales que se vienen. Acertadamente el Presidente ha dicho que “El Camino a Cero es una forma de mostrarle al mundo que no solo estamos comprometidos, sino que vamos a lograr nuestros objetivos. Y no podemos esperar a construir el acuerdo, pero sí podemos ser un referente”.

La estrategia prevé nueve líneas de acción entre las que están: ampliación del conocimiento, gestión integral de la biodiversidad, producción y consumo sostenible, transición justa de la fuerza laboral, desarrollo rural, marino y costero diferenciado, ciudades y regiones resilientes, matriz energética diversificada, movilidad e infraestructura sostenible y aumento de la capacidad de adaptación del país frente al cambio climático.

Hay un trabajo quirúrgico muy detallado a largo plazo que se aleja de los discursos generalistas populares por éstos días cuando los presidentes y candidatos dicen lo que la gente quiere oír.

“Obras son amores, y no buenas razones”, reza el adagio popular inscrito por Lope de Vega, y que se aplica a este tema; son necesarios hechos concretos en términos ambientales, no solo palabras, por ejemplo la búsqueda de recursos baratos para poder actuar, transformar y financiar.

Es muy afortunada la acción gubernamental de conseguir recursos por US$600 millones con el Banco Interamericano de Desarrollo para la adaptación y la mitigación climática, además de seducir a organismos financieros internacionales, agencias bilaterales y filantropía internacional para que traigan inversiones verdes.

Colombia es solo 0,6% de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo, pero puede ser la plataforma para que los países más ricos y contaminantes tengan plataformas sostenibles, financieras y ecológicas verdes en Amazonía, Orinoquía, Chocó o el Macizo Colombiano como epicentros novísimos de conservación global.

El Acuerdo de París establece la necesidad de que anualmente se movilicen US$100.000 millones para alcanzar objetivos ambientales, recursos que bien pueden tener como destino al país y el sector ambiental puede llegar a ser la nueva gallina de los huevos de oro de la economía.

Soñar con transformar al país en términos ambientales no es descabellado y sí puede ser un caso de éxito, pero para ello se necesita que quienes hoy compiten por la Casa de Nariño se comprometan con ese sueño verde.

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