“El que tiene tienda que la atienda”, reza un adagio popular que bien se aplica a las múltiples vocaciones económicas con que cuenta Colombia, pero que parecen llamadas al olvido en este momento político, en el que se elige a quien llevará las riendas del país hasta las puertas de la cuarta década del siglo XXI.
Desilusiona ver cómo Ecopetrol no tiene una hoja de ruta clara a mediano plazo para aprovechar la coyuntura mundial de precios altos del petróleo, redoblar las inversiones y producir más de un millón de barriles diarios de crudo, beneficiándose de los cerca de US$100 que se pagarían por barril antes del verano de este año. Algo similar ocurre con el auge global del consumo de commodities, materias primas y alimentos en los mercados naturales de Colombia, como EE.UU., Venezuela, Ecuador, Chile o España, la misma geografía que ha seguido la migración de miles de nacionales que se han ido en busca de oportunidades y han impulsado las remesas hasta niveles cercanos a US$13.000 millonesanuales.
La coyuntura actual dibuja un comercio mundial con un enorme apetito por la industria, las manufacturas, la distribución y el comercio digital, pero nadie con serias posibilidades de liderar el país parece tener propuestas concretas sobre cómo aprovechar esas vocaciones económicas y tejer un propósito nacional orientado al crecimiento y a la reducción de las precariedades.
Hace poco más de 120 años, la provincia más rica de Colombia se separó del territorio nacional por presión de Estados Unidos, que tenía en mente construir el Canal de Panamá, una magna obra que le cambió la cara al comercio mundial, al punto de que, pasado un siglo, todas las potencias lo consideran un objeto de deseo estratégico. Colombia nunca supo hacer ese duelo.
La ruptura se sumó a los estragos de la Guerra de los Mil Días y el país no pudo imitar los servicios que presta el Canal con obras de infraestructura terrestre: no pensó en trenes que conectaran el Pacífico con el Caribe, ni en carreteras concebidas como arterias capaces de competir con el istmo. Solo el libre comercio, la economía de mercado, la fortaleza del sector productivo, la propiedad privada y la iniciativa empresarial llevan a las sociedades atrasadas al desarrollo pleno y convierten países subdesarrollados -en cuestión de un par de décadas- en motores tecnológicos con índices de desarrollo humano superiores.
Hay varios ejemplos en el sudeste asiático y comienzan a verse casos, aún pequeños, en la región: Costa Rica, Panamá y Uruguay, experiencias replicables en algunos sectores. El problema es que los discursos de los líderes públicos siguen siendo anodinos, sin propósito y cortoplacistas. Resulta imperdonable que, a pocas semanas de las elecciones presidenciales, no se presenten verdaderas propuestas disruptivas que lleven a Colombia a convertirse en un país que aproveche sus vocaciones -léase competitividad-, aquellas que la naturaleza le ha dado.
El gas, el petróleo, los pisos térmicos, las lluvias, los ríos, las economías regionales, los dos mares, los 50 millones de personas y una población aún joven son regalos evidentes que nadie ha sabido alinear para reducir la pobreza y convertir al país en un referente en un mundo cada vez más escaso de oportunidades. Algún candidato debe, ya, poner sus ideas sobre la mesa para regenerar a Colombia y llevarla a las posiciones de liderazgo en las que siempre debió estar.