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EDITORIAL

Un problema crónico en el vecindario

miércoles, 11 de enero de 2023

La debilidad institucional es una enfermedad en América Latina que se hace elocuente en los últimos acontecimientos en Brasil y Perú; la solución tiene que ver con fortalecer el Estado

Editorial

Hace dos décadas que los académicos economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson diagnosticaron la situación política y económica de los mercados emergentes en su texto clásico ‘Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza’ o ‘Why nations fail: The origins of Power, Prosperity and Poverty’, (Deusto, 2012), un libro clásico entre los analistas económicos y algunos políticos que lo mencionan en sus discursos, pero que no lo aplican en sus políticas públicas.

Los profesores del MIT y de la Universidad de Harvard concluyen que los países fracasan porque sus instituciones no son fuertes y su función constitucional depende de las personas que lleguen a esas instituciones; dicho de otro modo, quienes llegan a gobernar en esas naciones llamadas al fracaso hacen los que les da la gana, no cumplen sus roles y funciones que les dicta el Estado. Una suerte de la expresión francesa L’État, c’est moi, frase apócrifa que Luis XIV pronunció en 1655 ante su Parlamento que identifica al rey con el Estado, “una monarquía absoluta” encerrada en el “Estado soy yo”. Pedro Castillo no solo se hizo elegir por los peruanos con docenas de ideas populistas, sino que pretendió eliminar el Congreso de su país en un acto de soberbia política, digna de los populistas de izquierda que lo respaldan en la región.

Lo mismo está pasando en Brasil, pero en la otra orilla ideológica. Un puñado de militantes de la derecha brasileña se toma el Congreso, pide una dictadura militar y desconoce al Presidente de la República elegido en democracia. Si bien Castillo y Lula no están en la misma orilla en términos de ideas políticas, el cordón umbilical es el mismo: la pobreza institucional que ha sido la causante de que, muy a pesar de la inmensa riqueza del continente, sus gobernantes no hayan podido llevar a sus países al desarrollo y los suman en una precariedad sin luz al final del túnel. La debilidad institucional de América Latina puede verse en todos los rincones del continente; México y Colombia son ejemplos del sitio que los carteles del narcotráfico han tendido sobre las fuerzas del orden y los mercados. Son democracias bajo asedio del mil millonario negocio de la cocaína; al punto que sus gobernantes han aflojado en la persecución del delito o claudicado ante el daño que le hacen los narcóticos a la población mundial.

América Latina es un teatro contemporáneo de populismos, debilidad institucional, boom del narcotráfico, mala educación, poca competitividad, pocas patentes, cero ciencia, y lo peor de todo, de una auténtica diáspora panregional de la que no se habla; son millones los jóvenes latinoamericanos que no ven esperanza ni oportunidades en el continente, y que a pesar de su educación secundaria y/o universitaria, prefieren emigrar a países que les brinden instituciones serias que les garanticen su futuro y el de sus familias. Un símil de lo que está pasando con los jóvenes latinoamericanos es lo que sucede en el fútbol, un buen jugador adolescente no considera jugar ni de riesgo ni quedarse en las ligas locales o regionales, a todas luces quiere irse a lugares en donde su talento brille y sea rentable. El gran causante de esa baja apuesta por un futuro mejor en todos los sentidos tiene que ver con el problema crónico de la debilidad institucional latinoamericana, fruto de politiqueros que han capturado el Estado.

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