miércoles, 21 de octubre de 2020

En medio de la pandemia se ha entregado mucha infraestructura que señala el buen camino que debe tomar el país, pero para verlo, hay que ponerle más optimismo y ser más constructivos

EditorialLR

Por generaciones hemos sido un país capturado por el pesimismo que le impide ver las buenas cosas que están sucediendo en algunos frentes socioeconómicos, así sean situaciones tardías, costosas o con tufillo de corrupción. Se entregó el emblemático túnel de La Línea y se espera que en marzo las obras aledañas estén concluidas; Medellín se ha unido al aeropuerto de Rionegro a través de un sofisticado túnel urbano; también se han reactivado las obras en casi todas las 4G licitadas en administraciones anteriores; hay un claro mejoramiento de miles de kilómetros de vías terciarias en todos los departamentos y ahora se ponen en marcha las obras del metro de Bogotá con la instalación de las primeras bases para comenzar el más ambicioso proyecto de movilidad metropolitana en la historia de Colombia. Están pasando cosas buenas en el sector más crítico de la economía y el que le generaba más rezago en la competitividad, la infraestructura, pero para ver estos claros avances hay que tirar los pesados lastres de pesimismo que mantienen al país anclado en el pasado repitiendo que aquí no pasa nada y que todo se lo roban; una actitud que le da pie a los políticos y funcionarios corruptos para seguir saqueando el erario público.

No importa de quien fueron las ideas fundacionales de las grandes obras de infraestructura que transformarán al país, ni cual ha sido el calvario económico y judicial que han tenido que padecer durante años, lo importante es sacarlas adelante y dotar al país de mejores puertos, aeropuertos, carreteras, túneles, puentes, autopistas y sistemas masivos de transporte que hagan más eficiente la economía doméstica para que pueda ser más competitiva y los empresarios logren mejorar las exportaciones, al tiempo que los consumidores tengan acceso a importaciones a mejores precios. Una red de vías eficientes y modernas es un gana a gana para todos y el país debe ser consciente de que está en esa ruta. Lo único es que las oficinas de control y vigilancia deben estar más atentas a que los funcionarios y corporaciones contratistas de las licitaciones no solo ejecuten las obras diseñadas, sino que protejan los recursos invertidos del erario público.

Hay una estrategia para que esto sea realidad a largo plazo dentro del plan Compromiso por Colombia, que está estructurando, desarrollando y finalizando 28 proyectos de infraestructura en 20 departamentos en los que se invertirán $2,2 billones que generarán más de 39.500 empleos. En el capítulo denominado Vías para la Legalidad y la Reactivación Económica Visión 2030 se pondrá en marcha 22 proyectos con inversiones de $9,2 billones que se finalizarán en los próximos 10 años y generarán más de 66.100 empleos para las comunidades locales. Según el Gobierno Nacional, ya se han reactivado 843 de los 896 contratos de concesión, obra, interventoría y consultoría que suspendieron actividades al inicio de la emergencia sanitaria. Es todo un arsenal de acciones que debe continuar en el tiempo sin miramientos políticos que sigan condenando al país al subdesarrollo. No importa quiénes hayan puesto las primeras piedras en un puente o una carretera, lo trascendental es quiénes hacen lo posible en silencio por hacer que entren en funcionamiento. Hay que acabar con la cultura del retrovisor en la obra pública y entender que “obras son amores, y no buenas razones” parafraseando a Lope de Vega.

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