viernes, 24 de abril de 2020

Mandatarios nacionales, regionales y locales deben dejar sus egos y ambiciones políticas, ser más prácticos y menos ideológicos para evitar que el covid-19 siga su senda de destrucción

EditorialLR


No solo Colombia atraviesa por el mismo problema que representan los gobernantes de turno a quienes les ha correspondido sacar al mundo de esta tragedia llamada covid-19. En España el manejo de la crisis se ha convertido en la piedra angular para sacar del camino a un gobierno de izquierda que ha demostrado más que ineficiencia en la atención del problema; en Estados Unidos el errático manejo basado en la negación, ha hecho que de un momento a otro los demócratas vuelvan a ser opción en la carrera por la Casa Blanca para las elecciones de noviembre; en Gran Bretaña, el arrollador primer ministro vencedor del Brexit ha sido víctima del coronavirus, obligándolo a reelaborar su discurso de control de la pandemia. Los ejemplos son muy diversos y pueden llegar de todos los rincones del planeta en que los muchos gobernantes han sido inferiores al reto de darles tranquilidad y esperanza a sus gobernados. No sucede eso en Colombia, al menos en lo que tiene que ver con el Ejecutivo, pues cuando se desciende en la jerarquía institucional se observan mandatarios locales y regionales embriagados por la abundancia de recursos públicos y sobreactuados en lo que tiene que ver con su protagonismo mediático. Ojalá todos leyeran o escucharan las palabras del escritor israelí, Yuval Noah Harari, quien ha dicho que toda crisis es también una oportunidad: “esperemos que la epidemia ayude a la humanidad a darse cuenta del peligro agudo que representa la desunión global. Si esta epidemia eventualmente resulta en una cooperación global más estrecha, será una victoria no solo contra el covid-19, sino contra todos los demás peligros que amenazan a la humanidad, del cambio climático a la guerra nuclear. Pero hasta el momento, la principal lección es que la falta de solidaridad global y liderazgo representa un peligro inmenso para la humanidad”. Palabras que bien se pueden aplicar a la micropolítica de un país como Colombia que puede observar cómo la desunión de los gobernantes y la ausencia de una cooperación más estrecha empieza a ser la constante a un mes de iniciada una obligada cuarentena como única fórmula para detener el avance del virus.

Es un imperativo que los gobernantes trabajen mucho más coordinados entre ellos, con serenidad profesional, más eficacia y ante todo sean solidarios entre sí para dar muestras de grandeza en un momento muy difícil para todos, en el que ha brillado la solidaridad. Ya deben pasar de las alcaldadas de decretar toques de queda y absurdos cierres de fronteras en departamentos donde muchos no saben dónde comienzan o terminan. Colombia aún no tiene definidas las necesarias autonomías regionales ni el gobierno central de turno ha querido fortalecer la verdadera descentralización, pero mientras eso ocurre deben trabajar más coordinados para que entre todos logren disminuir las personas contagiadas y reducir el número de fallecidos que crece con el paso de los días en todo el país.

Un consejo al oído de los alcaldes es que respalden que la construcción se reactive de inmediato para poder arreglar calles con huecos, pintar las zebras, delinear las vías, reparar semáforos, todas esas actividades que nunca se hacen o salen más costosas por trabajar a marchas forzadas, los domingos o en las noches. Hay que dedicarse a trabajar por los pueblos y ciudades, no a ir en contra por el simple hecho de ejercer una oposición entre ellos.

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