lunes, 6 de julio de 2020

Mucha gente hablaba de “teletrabajo” mientras millones no tenían empleo, pero más doloroso fue descubrir que miles de niños no tienen un computador para “telestudiar”

EditorialLR

La historia no ha podido certificar que María Antonieta haya dicho “Qu’ils mangent de la brioche”, algo así como “que coman pasteles”, cuando la revolución francesa tocaba a sus puertas en Versalles y sus sirvientes angustiados le explicaban que hordas de pobres no tenían pan para comer, hambre que había desatado una hecatombe social difícil de parar y que a la postre le cortó la cabeza.

El episodio histórico (no certificado por los académicos) se trae a colación en tiempos de cuarentena porque se habla mucho de “teletrabajo”, “telestudio” o “dinero digital”, alternativas sociales para cumplir con el trabajo para quienes tienen empleo; recibir las clases para los que tienen una conexión a internet y un buen computador; y plata electrónica para los que están bancarizados, tienen una tarjeta de crédito o gozan de una quincena para gastar.

La crisis nos ha demostrado que el covid-19 no sólo ha golpeado a los casi tres millones de colombianos que no tenían trabajo antes del aislamiento, sino que le ha sumado otros tres millones, personas para las cuales el “teletrabajo” es algo chocante, pues es casi un lujo burgués.

Pero si el desempleo debe ser algo transitorio, pues la economía empieza a dar signos de recuperación, el tema del “telestudio” sí es algo más preocupante porque la carencia del servicio de internet, los escasos datos en el celular o unos computadores obsoletos, sí pueden estar condenando a miles de jóvenes en toda Colombia a una suerte de “exclusivismo tecnológico” que en pocos países existe en tiempos de cuarta revolución industrial.

No se puede aceptar que solo en Bogotá más de 350.000 niños enfrenten dificultades para estudiar desde sus casas porque no tienen las herramientas adecuadas para avanzar en su educación; las causas son diversas: pobreza extrema, menores recursos económicos, descuido de sus familias, falta de acompañamiento de los colegios públicos, inseguridad, entre otros factores que pueden explicar la situación, y que dicho sea de paso, debe ser un imperativo para disminuir la precariedad en la salud, educación y todas las infraestructuras que hacen una sociedad mejor.

Por tal motivo, es acertada la donatón de computadores que lanzó la Alcaldía Mayor para que las empresas, las personas, las fundaciones y todas las organizaciones sociales regalen equipos nuevos o usados que se encuentre en buen estado para entregárselos a los jóvenes más necesitados.

La conexión a internet es tarea y obligación de los gobernantes y de las empresas de servicios públicos, pero los dispositivos, las interfaces para poder navegar en internet, hacer compras, estudiar, socializar y entretenerse, sí deben ser obligación de las mismas familias; a los más necesitados hay que ayudarles con campañas como la emprendidas por el Distrito.

La Secretaria de Educación de Bogotá lidera esta campaña con el rótulo, ‘Presente, profe’, y que ojalá se amplíe a todo el país, pues familias sin computador y sin internet hay miles en todo el territorio nacional. Colombia no puede tolerar que la llamada brecha digital siga aumentando, no solo en sectores de la ciudad, sino en todos los rincones del país.

La pandemia ha servido para visualizar esta situación en la que todos debemos colaborar y ayudar a los más jóvenes puedan acceder a las buenas cosas del internet y no seguir rezagados por falta de equipos o que se les caiga el sistema.

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