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Composición del presupuesto de regalías
El presidente debe someter las bases del plan a consideración del Consejo Nacional de Planeación antes del 15 de noviembre para tener el documento listo en enero
Según el estudio de Fedesarrollo, el Índice de Confianza del Consumidor llegó a 15,7% en septiembre, un aumento de 0,2 puntos porcentuales frente a agosto, cuando se ubicó en 15,5%. La Encuesta de Opinión del Consumidor dice que el resultado estuvo impulsado por mejores expectativas económicas para los próximos 12 meses, pese al deterioro en la percepción de la situación actual de los hogares. Indiscutiblemente, las cosas empiezan a mejorar para el último trimestre, en el que manda el consumo.
Colombia tiene una larga historia en la elaboración de planes de desarrollo, documentos maestros que debe escribir todo nuevo gobierno para sacar adelante las políticas públicas con las que busca disminuir las precariedades y llevar al país a otro nivel.
Esta buena costumbre es un legado del economista Lauchlin Currie, quien lideró una misión del Banco Mundial y dio origen a las políticas de planeación entre 1948 y 1958, cuando se crearon las bases de la planificación. Fue durante la administración de Alberto Lleras Camargo, el primer presidente del Frente Nacional, cuando se presentó la iniciativa de “volver a Colombia una pequeña potencia industrial, un país exportador y un productor en mercados competidos”.
Desde la Constitución de 1991, todo gobierno debe presentar un Plan Nacional de Desarrollo como herramienta de ejecución; muchos han dejado herencias como la creación de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante (Upac), la apertura económica, el Sisbén, las políticas de seguridad democrática y las políticas por la paz.
Pero este instrumento de desarrollo ha ido languideciendo porque los mandatarios de turno se han dedicado a trabajar en el día a día o a apagar incendios políticos con presupuestos públicos, olvidando deliberadamente los planes de desarrollo que le presentaron al país y que fueron aprobados por el Congreso.
Los nombres de dichos planes son fundamentales para que los beneficiarios observen cuál es el objetivo central del cuatrienio e incluso puedan hacerle seguimiento. “Las cuatro estrategias” de Misael Pastrana; “Para cerrar la brecha” de Alfonso López Michelsen; “Cambio con equidad” de Belisario Betancur; “Plan de economía social” de Virgilio Barco; “La revolución pacífica” de César Gaviria o “Hacia un Estado Comunitario” de Álvaro Uribe son solo algunos de los planes de desarrollo que dejaron legado.
Los últimos años del Departamento Nacional de Planeación (DNP) han sido muy malos, desde que se convirtió en un jugador de la repartición de las regalías. Ahora, la administración de Abelardo de la Espriella tiene la gran oportunidad de elaborar un plan nacional de desarrollo que no solamente sea bien concebido, sino ejecutado bajo las necesidades reales del país. Hace décadas que el DNP desdice del desarrollo, convirtiéndose en una oficina burocrática, repartidora de “mermelada” y que poco o nada le ha dejado a la estructura nacional.
La pregunta clave para las autoridades económicas de turno es cuál será el grito de guerra del gobierno, cuáles serán sus compromisos reales y cuál es ese propósito nacional que quedará consignado en el plan de desarrollo.
En el nombre está la clave, en esas palabras seleccionadas para identificar el camino, la hoja de ruta de los próximos cuatro años y que dejará al país en la antesala de la cuarta década del siglo XXI. Los últimos planes de desarrollo han hablado de regiones, pero al final han terminado siendo centralistas; ninguno se ha concebido realmente como un instrumento eficaz para reducir la pobreza o incluir sectores y territorios tradicionalmente marginados.
Los años que vivimos están marcados por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, la globalización de las economías, la sostenibilidad como pilar de los países, las olas migratorias y un ineludible cambio generacional, entre otros temas fundamentales para poder entender los problemas que deben enfrentar los colombianos.
En esta oportunidad, dicho documento maestro debe desarrollar los verdaderos puntos en los que se van a enfocar las políticas públicas; el nombre no debe ser un eslogan de campaña publicitaria ni un grito panfletario que desdiga del verdadero compromiso de sacar al país adelante.
Hechos reales no palabras al aire, es lo que reclama el sector productivo en las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Colombia en materia de aranceles
Ahora que se escribe el Plan Nacional de Desarrollo, sería ideal que el cuerpo diplomático tenga tareas específicas y se vincule a una marca país