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EDITORIAL La calidad de la educación virtual pasa al tablero
viernes, 17 de septiembre de 2021

Era un secreto a voces que la calidad de la educación virtual no era la mejor cuando hay mal internet, señal celular deficiente y pésimo seguimiento de los profesores a los alumnos

  • Editorial

Hasta ahora el impacto de la pandemia se había manifestado con elocuencia en la salud, la economía, el entretenimiento y la socialización de las personas, pero muy poco se ha hablado de los estragos que causó en la calidad de la educación impartida en los colegios y las universidades. No está probado científicamente por la academia ni los científicos, pero es un secreto a voces, refrendado por padres de familia y profesores, que el grado de atención de los estudiantes, la exigencia de los docentes y el nulo seguimiento a los procesos pedagógicos, fue una constante en los casi 20 meses que ha durado el “régimen del covid” en casi todos los países.

Era una situación social inédita de emergencia que nadie tenía experiencia en manejar, los colegios y las universidades no estaban preparados, ni técnica ni culturalmente, para enfrentarse al reto de enseñar por plataformas virtuales, menos los estudiantes en asimilar el contenido o aprendizaje por fuera de las aulas. Los profesores, que no han reinventado su forma de trabajar desde hace 300 años -según Yuval Noah Harari (2015)- también tuvieron que darse sus maneras de llevar sus clases ante una interface que muchos no dominaban, pero lo peor, es que ni tenían retroalimentación real de sus audiencias. Entre más jóvenes los estudiantes mayor es el nivel de distracción, problema que se convierte en procrastinación, cuando se lleva a la secundaria, pregrado y posgrado.

De tema no se habla mucho entre las autoridades educativas por el crónico tira y afloje entre las buenas intenciones de las políticas públicas, los sindicatos, los estudiantes y los profesores, pero es un imperativo no solo reparar la calidad de los conocimientos impartidos en virtualidad, sino prepararse para una nueva eventualidad. Si el teletrabajo o trabajo en casa llegó para quedarse, esa sentencia cada vez más escuchada, no se aplica para la educación. Por ahora las clases y el conocimiento virtual funcionan muy bien en algunos posgrados a distancia, pero no es lo aconsejable para los niños de primaria, los jóvenes de secundaria y los universitarios de pregrado. Menos en un país como Colombia en donde los computadores portátiles potentes son un lujo, la señal de internet es deficiente, los celulares no tienen señal al 100% y las licitaciones para dotar a las regiones de buenas conexiones se enredan en la capilaridad de los corruptos.

El estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) titulado: ‘El estado de la educación global: 18 meses luego de la pandemia’, que analizó el número de días que cerraron las escuelas en los países miembro, y cómo éstas decisiones de los gobiernos pudieron haber afectado el rendimiento de los estudiantes, deja muy mal parados a los países subdesarrollados, que tuvieron que acudir a la extremidad de las cuarentenas, los cierres y hasta a toques de queda, para evitar el contagio, mientras que otros desarrollados, con capacidad de vacunar y de seguir protocolos sociales, simplemente no asfixiaron a sus ciudadanos.

No se puede asumir, como si fuera una anécdota más, que el cierre de los colegios podría tener consecuencias de largo plazo en la formación de la nueva generación, sino actuar, reparar y prepararse para no caer en la misma situación. El Ministerio de Educación algo debe hacer en este sentido, no ser un convidado de piedra.

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