viernes, 7 de octubre de 2016
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Muchas cosas han pasado desde que el 4 de septiembre de hace cuatro años, el país conoció que el gobierno de Juan Manuel Santos había iniciado acercamientos para sentarse con la guerrilla de las Farc.

Muchas cosas han pasado desde que el 4 de septiembre de hace cuatro años, el país conoció que el gobierno de Juan Manuel Santos había iniciado acercamientos para sentarse con la guerrilla de las Farc para ponerle fin a un conflicto que ha desangrado a Colombia durante 53 años.

El anuncio fue recibido con el escepticismo natural de una sociedad desigual víctima de la guerra, pero poco a poco se  fue construyendo un acuerdo que dividió al país político hasta llegar al plebiscito donde se ratificaría en franca democracia. Hasta ahora ha sido un camino muy complicado, porque si fuera fácil se habría logrado hace varias décadas. Y como en un rompecabezas se le han ido poniendo piezas hasta tomar la forma que hoy tiene. La última semana fue frenética: primero el triunfo del No en las urnas el domingo; luego la visita de los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana a la Casa de Nariño para estrechar la mano con el Presidente en ejercicio. Un día más tarde, la salida intempestiva del gerente de la campaña del No; y ahora en cuarto lugar, el histórico reconocimiento a Juan Manuel Santos como Premio Nobel de Paz 2016.

Era lógico que un país crispado en lo político aceptara la noticia glocalizándola (volver global un hecho local o viceversa) y se empezaran a hacer las observaciones individuales y a darle los distintos puntos de vista como requiere un suceso que muy pocas veces se repite. El nombre de Colombia por primera vez está en el meridiano mundial y es una oportunidad de oro para que entendamos de una vez por todas que estamos llamados a vivir en paz, que el reto es conseguir la paz. El Premio Nobel de Paz es quizá la distinción más importante para un líder mundial y Colombia a través de su Presidente lo ha logrado, justo en el momento en que más necesitamos unión, liderazgo y reconocimiento al trabajo realizado hasta ahora. Difícil pedirlo, pero no deben haber palabras disonantes frente a este premio que merece toda la exaltación y que ha desatado una ola de felicitaciones de todos los presidentes y líderes mundiales. Pueden haber reparos, al proceso, al acuerdo, al plebiscito y a todos los pasos que tenemos que continuar dando en la construcción de una paz estable y duradera, pero no dejemos que la mezquindad política y las cuentas individuales nos hagan perder el horizonte y nos reduzca a seres mínimos.

Tal como nos unió Gabriel García Márquez en 1982 con su Premio Nobel de Literatura y convirtió al “realismo mágico” en una corriente internacional de la buena escritura, Santos, su gobierno y todos los actores del conflicto colombiano, no pueden ser inferiores al reto de seguir trabajando en lograr la paz que merecen las nuevas generaciones. Por ahora solo conseguimos premios Nobel en Literatura y en resolución de un conflicto que se niega a desaparecer, pero debe llegar el momento en el futuro en donde los jóvenes producto de un país en paz y rico en literatura consigan ser científicos líderes en medicina, física, química y economía. Nos queda mucho por construir y hay que apostarle a ese camino.

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