miércoles, 1 de abril de 2020

No puede haber dilema entre economía y salud, son dos conceptos íntimamente ligados bajo el imperativo de que la economía tiene que seguir, mientras se evitan las situaciones de contagio

EditorialLR


Es un grave error en estos momentos de “efervescencia y calor” pretender ideologizar el problema sanitario desencadenado por la pandemia del Covid-19. Claramente, es una situación que sorprendió al mundo y desnudó a los países que poco o nada habían hecho por fortalecer sus sistemas sanitarios y de prevención contra los virus extraños. Nicholas Nassim Taleb, padre de la teoría económica del cisne negro (acontecimientos inesperados e impredecibles con consecuencias disruptivas a gran escala que se escapan de explicaciones a posteriori), apunta ahora a que el flagelo desatado por el coronavirus no tiene la categoría de cisne negro por el simple hecho que debería haberse evitado por parte de los estados.

De vez en cuando se producen fenómenos sorprendentes e imprevisibles que cambian totalmente los paradigmas sociales y económicos, gracias a los cuales avanzan la historia y la economía, pero en ningún momento debe frenarse en seco para esperar lo que va a suceder. En medio de las guerras se debe seguir produciendo para obtener recursos escasos y garantizar la satisfacción de necesidades básicas insatisfechas; bajo ninguna circunstancia se debe parar de trabajar, de producir y de competir para esperar qué sucederá mañana.

El tema se trae a colación porque no debe existir un dilema entre desarrollo económico y mejoramiento de la salud, tal como lo han planteado algunos analistas y funcionarios. El país no se puede frenar en ningún momento, debe avanzar en su maquinaria de producción y de consumo; bajo ninguna circunstancia se debe apagar por completo la economía con la disculpa de frenar los problemas de salud suscitados; ese es un falso dilema que se debe ir desmontando, pues poco a poco el país va pasando de la fase de sensibilización a la de contención.

Está claro que hay que evitar el contagio transformando las actividades colectivas que obliguen a las personas a socializar. Por muchos meses hacia el futuro -por no decir años- cosas tan ordinarias como saludar con beso o dando la mano caducarán, al tiempo que los espacios atiborrados de gente también habrán expirado. Nace un momento inédito en la historia de alejamiento al contacto físico con extraños, circunstancia de la que surgirán nuevas situaciones sociales y sobre todo negocios o formas de ganarse la vida.

La economía puede funcionar evitando ese acercamiento y ésta es una sentencia que debe ser el nuevo mantra de los empresarios y gremios de la producción. Hay varios países como Suecia, Corea del Sur o Taiwan que le están apostando más a cambiar las rutinas y poner en el individuo la responsabilidad de andar con tapabocas, evitar contacto con superficies aparentemente contaminadas, pero ante todo a seguir con sus vidas en medio de una nueva normalidad. Al Gobierno Nacional le corresponde hacer nuevas reglas como evitar las aglomeraciones y a las empresas, colegios y universidades a adoptar en sus rutinas la verdadera cuarta revolución industrial.

Si apagamos la economía, como algunos insensatos plantean, vamos a generar altas dosis de pobreza que pueden ser más dañinas que el mismo contagio. La pobreza y las enfermedades conexas son más mortíferas y destructivas a largo plazo. Hay que apostarle a avanzar en la economía, pero sobre todo tener claro que el problema no es la economía ni el consumo, sino el contagio que sí se puede controlar.