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ANALISTAS Tú y yo estamos locos Lucas
domingo, 25 de enero de 2015
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La frase con la que inicia este artículo, tiene su historia. Probablemente para los nacidos en las últimas dos décadas no sea un referente común, pero para quienes ya transitan en la vida más allá de los treinta años, la imagen mental que puede sugerir dicha frase es la del programa Chespirito, en el cual aparecían dos personajes (Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda) que reflejaban uno de los estereotipos sociales de lo que podría ser la locura o los problemas mentales. Un lado bondadoso y tranquilo de la enfermedad mental, pero una evidencia de lo que es una condición posible de desarrollar y una situación que va más allá de las condiciones personales y que tiene impacto social.

Hablar de enfermedad mental en un contexto como el nuestro, es nombrar lo prohibido y enfrentarse a lo indeseable. Aunque cada vez es más común la incorporación en el lenguaje cotidiano de términos como depresión, ansiedad, estrés, psicosis, esquizofrenia, trastornos emocionales y dificultades de conducta, pareciera que la referencia hace alusión a otras personas, lejanas y no familiares, y a no a nuestros propios círculos sociales. Aún hay un estigma social bastante severo sobre la enfermedad mental y como bien lo ha identificado la Organización Mundial de la Salud (OMS), esto se convierte en un factor adicional que deteriora aún más, las condiciones de vida de estas personas.

Más allá de tener, desarrollar o padecer de una enfermedad mental como las nombradas en los manuales diagnósticos de psicólogos y psiquiatras, la vida cotidiana contemporánea ha puesto a las personas en un límite bastante complejo. La información infinita que proviene de múltiples y cada vez más crecientes fuentes; la velocidad vertiginosa en el ritmo de vida; las demandas sociales en torno al cuerpo, a la juventud y al ser y estar saludables; la carga inagotable de actividad laboral, son sólo algunos de los ejemplos. El abismo pareciera abrirse a los pies de muchas personas en algún momento de su vida y la sensación de locura, de estar trastornado o de perder el juicio, pareciera evidente. Sin embargo, no hay que tener un trastorno del estado de ánimo o una alteración de orden psicótico para que ello sea la sensación que impere. Pareciera que basta sólo con existir, para sentirlo.

Sentirse afectado por las condiciones de la vida cotidiana es algo inevitable e incluso ineludible y ello puede generar malestar. Se hace necesario, más allá de revisar si se tienen o no los síntomas de una enfermedad mental, identificar si es necesario buscar ayuda, bien sea para sí mismo o para otros. 

Sin embargo hay algo que ha de tenerse en cuenta para hacer de la cotidianidad algo menos complejo: el sufrimiento es opcional y es una decisión de vida. 

Como Lucas Tañeda y como Chaparrón Bonaparte, el estar “locos” no necesariamente ha de ser asumido un problema. Ello puede ser una condición de la cotidianidad que puede asumirse con tranquilidad y sin sufrimiento. El equilibrio es una opción personal y puede encontrarse incluso por encima del caos de la realidad diaria.