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ANALISTAS ¿Será el santismo el futuro de América Latina?
jueves, 10 de diciembre de 2015
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Disculpas por el titular lambón, pero era solamente para atraer su atención. Es que cuando toca competir por los lectores con Facebook, Twitter, Instagram, decenas de blogs, páginas web,  email y con los demás colegas,  pues la cosa se pone un poco un difícil.

Pero bueno, espero que todavía sigan aquí. El tema en realidad es el siguiente: ¿qué se viene ahora para Latinoamérica cuando se pase la página de los gobiernos populistas de izquierda que hicieron estragos en la región durante los últimos años?

Lo digo porque hasta ahora el aparatoso colapso de los gobiernos hijos del Foro de Sao Paulo se ha presentado como un triunfo de la “derecha” o de la “oposición”, definida ésta de manera amorfa y ambigua. 

¿Será entonces que Macri, como lo afirma el kirchnerismo, es una versión repotenciada de Menem y que con el vendrán las privatizaciones a los amigotes, el thatcherismo económico, la genuflexión a los Estados Unidos y el abandono de los menos favorecidos?

¿O será que la MUD es, como lo ha dicho el chavismo reiteradamente, el caballo de Troya de adecos y copeyanos para regresar a la IV República? ¿Se reencaucharán los herederos de Lusinchi y CAP, que despilfarraron la riqueza del país y engendraron a Chávez? ¿Vendrán ahora los planes de choque, el regreso de Miami de los enchufados y las fiestas en el Four Seasons de Caracas para repartirse la marrana? ¿Estará Carmona empacando maletas?

Quince años después de cambiar para bien a Bogotá, ¿será que tendremos al Peñalosa de la campaña 2015, que ilusionó a los bogotanos con el cambio, o al Peñalosa del primer mandato, un tanto abrasivo, que afanado con la transformación de la ciudad, estuvo a punto de padecer una revocatoria del mandato? ¿Al Peñalosa que negó la necesidad del Metro, que insistió en expropiar al Country Club y que puso bolardos hasta en los potreros o al Peñalosa ejecutor, honesto, comprometido, visionario y líder social que nos tanto ha hecho falta en estos años?

Y en Brasil, de prosperar el impeachment a la Rousseff, algo bastante posible,  ¿tendremos una versión posmoderna de Collor de Melo y un cambio de camiseta partidista en la rotación cleptocrática? ¿Continuará siendo Brasil, el Brasil del “costo Brasil”, plagado de proteccionismo y burocracia, donde las cargas tributarias son desproporcionadas y donde la rosca con el gobierno, cualquiera que sea, es más importante que producir bienes y servicios de calidad y precio? ¿Seguiremos diciendo que Brasil es el país del futuro y siempre lo será?

Esta nueva etapa de la democracia latinoamericana no puede significar un regreso a los gobiernos de principios de los noventa, que implementaron reformas de libre mercado, necesarias sin duda, sin preocuparse por la desigualdad o por la marginalidad.

El efecto del “trickle-down”, sobre el cual se baso el modelo reformista de esa época, no ocurrió, ni en la magnitud  ni en la velocidad que se esperaba. Para finales de la década, cuando el ciclo económico se contrajo, los déficits fiscales, el malestar ciudadano y el continuado empobrecimiento de segmentos importantes de la población llevaron al colapso social y económico en muchos países de la región, que permitió a su vez el ascenso de los gobiernos del socialismo del siglo XXI.

Ahora que el péndulo se ha devuelto, se deben tener en cuenta las lecciones del pasado. Los nuevos gobiernos y sectores ciudadanos que asumen el liderazgo después de una década y media de gobiernos izquierdistas deben asumir un talante liberal. Esto quiere decir, prudencia en las cuentas públicas con estímulos fiscales cuando sea necesario, programas agresivos de asistencia social, globalización e integración regional. También implica el respeto al imperio de ley y los derechos de propiedad, acatamiento a la división de poderes, descentralización, diálogo social, sostenibilidad ambiental, concertación política y protección de las libertades individuales.

Mejor dicho, gobernar como se ha hecho en Colombia durante los últimos cinco años.