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ANALISTAS Murió la Ch
sábado, 29 de noviembre de 2014
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Tuve que darles la noticia a mis hijos. Estaban, como siempre, adheridos con pega epóxica a sus tabletas, pero se despegaron un momento para atenderme. Gustavo tiene 9 y Francisco, el menor, 7. “Niños”, les dije, “acaba de morir Chespirito”. Y los tres niños, el de 7, el de 9 y el de 47, nos pusimos tristes. Como tiene que ponerse triste la gente cuando muere una de esas personas que tenemos siempre a la mano para librarnos de la infelicidad. 

Los tres disfrutábamos, como dijo Hernán Peláez, de uno de los grandes del humor blanco. Me reí miles de veces con Chespirito y sus personajes, y, ahora que lo pienso, me reí no solamente casi siempre de lo mismo, sino que este buen Gómez le exprimió risas a este otro Gómez sin recurrir a la bajeza, sin humillar a las mujeres, sin hacer del sexo un animador de la carcajada, sin desdibujar al dios de nadie, sin mofarse de la paleta de colores que hay en la piel de la humanidad. Eso, eso, eso… humanidad: Roberto Gómez Bolaños nos animó apoyándose en las cosas simples de la humanidad y no sucumbió al asedio de un mundo con valores cambiantes, manejado por las registradoras y dominado por quienes han hecho de la humillación ajena una cantera para alcanzar la fama. Llegó a la cima sin pisotear a nadie. ¡Chanfle!

Al enterarme de su muerte, pensé en mis hijos y pensé en tipos como Jaime Andrés Monsalve, uno de los periodistas que más respeto y admiro en este país, devoto de Chespirito pero, sobre todo, ejemplo palpable de un ejército de niños-hoy-adultos que se educaron viendo los programas del genial “Shakespearcito” y demuestran con su vida y su recto ejercicio profesional, que Gómez Bolaños fue gran entretenedor, pero superior educador. 

La muerte de Roberto Gómez Bolaños es, para que me entiendan los que aún no me han entendido, como si se muriera la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Como si en un mismo día asistiéramos al entierro de Lennon, Poe, Astaire, Dylan, McCartney, Huxley, Curtis, Mailyn, Wells, Freud, Brando, Wilde, Harrison, Temple, Einstein y Ringo. Haga de cuenta usted que por un trágico malabar del destino hubiera abordado un vuelo de esos que se hacen pedazos contra el mundo muchos seres queridos: el Chavo, el Chapulín, la Popis, el doctor Chapatín, Rosa la Rumorosa, el Chómpiras, la Chilindrina, Chaparrón Bonaparte, Quiko, Ron Damón (léase Don Ramón) y ese enorme ejército de seres que salieron no de la cabeza sino del corazón de un tipo tan, pero tan petiso, que se dio el lujo de vestir el traje del “gran” Napoleón en la televisión latinoamericana. Y no le quedó para nada grande. En un mundo donde triunfan los más grandes, los de dimensiones más avasalladoras, él no solo fue un orgulloso pequeño, ¡sino que tomaba pastillas de Chiquitolina para ser aún más diminuto!

Logró el destino hoy lo que había intentado sin mucha fortuna la Real Academia Española: asesinar a la Ch, a la que se le recordó con crudeza que no era letra sino dígrafo. Ahora sí, con la partida de Chespirito, quedó partida la Ch en un matrimonio sin risas de la c y con la h. 

Lo siento por mí, lo siento por mis hijos, lo siento por millones de personas en este continente siempre necesitado de gratos momentos y, claro, lo siento por doña Florinda, la viuda más triste de todas. En medio del desconsuelo, qué reconfortante es ver el impacto que ha tenido en tantas vidas la pérdida de apenas una vida. Y de una letra.