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ANALISTAS El ministro y los supermercados
miércoles, 10 de febrero de 2016
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Esta semana empezó con una fuerte acusación por parte del ministro de Agricultura contra las grandes superficies. Los culpó, nada más y nada menos, de mantener una guerra económica en contra del pueblo colombiano. Bueno, no lo dijo exactamente así. Dijo que eran los culpables de los altos precios de los alimentos mientras que los “campesinos sufren por producir y apenas sobreviven. No les quedan sino las manos callosas y los bolsillos vacíos”.

Confieso que por un momento me sentí en Aló Presidente. Echarle la culpa de la inflación a los capitalistas bachaqueros suena como a editorial de Aporrea.com, el pasquín digital de la revolución bolivariana. O a la tesis doctoral del nuevo ministro de economía venezolano, el pintoresco Luis Salas, quien afirma que “no tiene mucho sentido seguir hablando de ‘inflación y escasez‘ cuando de lo que estamos hablando es de especulación, usura y acaparamiento”. 

Empecemos por el principio. Es una realidad incontrovertible, como lo afirmó el ministro en la entrevista citada, que un kilo de carne vale $4.000 en la finca y el supermercado cuatro veces más. Y que un kilo de naranja vale tres veces más y una carga de papa cinco veces más. De eso no hay tutía. 

Según el ministro, la razón por la cual se presenta esta inquietante situación es por la voracidad de las grandes superficies, a las cuales acusa, sin muchas pruebas, de abusar de su posición de dominante incrementando exageradamente los precios a costillas de los productores.

Aunque esto es posible, como se desprende de un estudio de la SIC del año 2012 donde afirma que la posición dominante en el mercado de tres compañías, Éxito, Cencosud y Olímpica, potencialmente les permite “actuar independientemente de las presiones competitivas del mercado”, o sea que pueden marranear si quieren o si las dejan, eso no es toda la historia.

Por una parte, si el problema es la posición dominante de las grandes superficies frente a los proveedores, que es a lo que se refiere el ministro, la queja mediática deja un sinsabor: para el gobierno está bien que los supermercados cobren a los consumidores lo que quieran, $12.000 por kilo de carne si les da la gana, pero que le repartan algo de margen a los productores. 

Por la otra, insinuar que dicha posición dominante afecta a los consumidores no es del todo creíble. La venta de alimentos en Colombia no se concentra totalmente, ni siquiera mayoritariamente, en las grandes superficies, sino en las plazas de mercado y en las tiendas de barrio donde la coordinación de precios no parece tan fácil. Por lo menos, frente a los consumidores, no parecería sencillo cartelizar a un sector que cuenta con decenas de miles de jugadores.

La inmensa mayoría de los colombianos, más de 80%, no viven, ni en el campo, ni de él. Pero todos comen. La solución no está en satanizar a unos cuantos participantes, que por grandes y poderosos, son un tanto marginales. Debería ser obvio que el actual aumento de precios de los productos agrícolas no es por el capricho de unos cuantos sino por la devaluación de la moneda, que encarece las importaciones, y por la sequía causada por El Niño, que disminuye la oferta.

De todas formas aún en circunstancias normales, donde la inflación está controlada, el problema de la baja rentabilidad de los productores nacionales persiste. La respuesta en este caso no es matonear a los participantes o, peor aún, fijar precios, sino incrementar la competencia en todos los niveles y destrabar los cuellos de botella. En otras palabras, se deben atacar las imperfecciones del mercado. De lo que se trata, en el fondo, no es crear o conservar condiciones artificiales a los productores sino mejorar la oferta y precio a los consumidores.

Es una medicina amarga pero es la correcta. Hacer populismo barato apaleando a las grandes superficies no solamente es inútil sino que pone al gobierno en el mismo plano de su contraparte venezolana. Y ya sabemos de sobra que, por lo menos en materia alimentaria, allá las cosas no pintan nada bien.