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La idea surgió en la Gran Depresión, debido a que el maíz era uno de los alimentos más baratos
Durante la crisis económica que significó la Gran Depresión, uno de los pocos alimentos baratos que había era el maíz. Por eso, los vendedores ambulantes empezaron a comercializarlo.
Entre los puntos de más ventas estaban las entradas de las salas de cine, pues los consumidores compraban un paquete para comerlo antes de ver la película. Pero los dueños de las salas odiaban las crispetas porque llenaban el suelo de ellas y hasta querían prohibirlas.
Pero eso cambió gracias a Julia Braden, quien propuso la idea de montar un puesto dentro del cine. A cambio, ofrecía a su propietario un porcentaje de las ganancias por vender las crispetas. El negocio tuvo tanto éxito que en 1931 Braden tenía cuatro locales en cuatro teatros diferentes.
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