viernes, 31 de enero de 2020

Los proyectos de trenes de cercanía en el norte y occidente de Bogotá, y la renovación de la flota de Transmilenio, serán fundamentales

Augusto Garrido

*Profesor de ingeniería civil de la Universidad de La Sabana

Cuando era niño disfrutaba de una popular serie futurista de dibujos animados llamada The Jetsons. Era fascinante soñar con un futuro prometedor lleno de comodidades tecnológicas en el que cada familia tendría un auto volador. Sin embargo, hoy creo que el futuro se dirige a otra dirección.

A pesar de que ya existen prototipos bastante avanzados de vehículos que se asemejan al de George Jetsons, la tendencia no apunta hacia el uso individual de vehículos, sino al uso de transporte público masivo.

El punto clave que definirá la forma en que nos transportemos radica en el modelo que usemos para la planeación de nuestras ciudades. Para la familia Jetsons, los carros voladores eran una necesidad pues vivían en casas en el aire aisladas unas de otras.

Si nuestro modelo de ciudad continúa con la tendencia expansiva y de uso diferenciado del suelo, cada vez será más difícil movernos pues se obliga a los ciudadanos a buscar soluciones de movilidad poco sostenibles, como lo es el uso del vehículo particular y, aunque se llegasen a masificar los carros voladores, tendremos nuevamente trancones hasta en las nubes.

Pero esta tendencia se puede cambiar. Y, de hecho, está cambiando, con decisiones acertadas orientadas a fomentar el transporte público masivo. En concreto, en Bogotá en los últimos meses se han dado pasos significativos en esta dirección.

En primer lugar, el necesario metro, acompañado de los proyectos Regiotram de occidente y del norte, que vienen a enmendar una deuda histórica con los municipios del área de influencia de la capital y, en segundo lugar, pero no menos importante, la renovación de la flota de Transmilenio.

Estas decisiones son el punto de partida para empezar a desincentivar el uso del vehículo particular, pero no son suficientes, pues su eficiencia a largo plazo dependerá de la forma en la que crezca la ciudad. La decisión importante radica en la formulación del Plan de Ordenamiento Territorial que debería apuntar hacia un desarrollo orientado al transporte.

Para ello se debe fomentar el uso mixto del suelo y la densificación inteligente de la ciudad, de forma tal que la población pueda satisfacer sus necesidades básicas en un entorno cercano, con desplazamientos que se puedan hacer a pie o en bicicleta. No es necesario el carro volador de los Jetsons.

Estos desarrollos urbanos funcionarían como nodos compactos articulados por el sistema de transporte público masivo, es decir, se deben dar alrededor de las grandes estaciones del sistema.

Se requiere una intervención urbanística adecuada para que sea atractivo vivir cerca de ellas, evitando el error que se cometió con la troncal de Transmilenio sobre la Caracas.

Estamos en un momento oportuno para hacer los ajustes necesarios con miras a que Bogotá sea la metrópolis que debe ser. Vienen grandes proyectos que apuntan a la dirección correcta, pero sería torpe no advertir que esta transformación será dolorosa. Una ciudad en obras plantea fuertes retos de movilidad, pero valdrá la pena.