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GLOBOECONOMÍA Esta crisis es diferente a la de 2008 aunque los síntomas son parecidos
sábado, 23 de enero de 2016
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Ripe

No obstante, hay diferencias cruciales entre lo que sucede ahora y lo que ocurrió en aquellos nefastos días, al menos para Estados Unidos. Aunque las pérdidas continuarán, EEUU parece, al menos de momento, estar en una mejor posición para soportar la situación. Eso podría evitar que un descenso del mercado se transformase en una crisis financiera con todas las de la ley que, a su vez, se transformaría en una económica.

El descenso actual ha sido particularmente agresivo. Después de caer 390,9 puntos el viernes, el Dow Jones acumula una caída de 8,2% en lo que va de año. Y la situación es peor en otras latitudes. El mercado bursátil de China ha retrocedido 18% en lo que va del año; el crudo está a menos de 30 dólares el barril, un descenso de 20% este año y 52% por debajo del precio máximo de 2015.

La profundidad de los declives y la forma en la que se propagan por múltiples mercados pueden alarmar a cualquiera que haya vivido la crisis financiera. Al principio de aquel colapso muchas personas pensaron que los problemas serían similares a los de la crisis de deuda rusa de 1998 o el derrumbe de las puntocom en 2001. Su equivocación tuvo consecuencias desastrosas.

Hay menos probabilidad de que estos acontecimientos se repitan en la actualidad. Una parte importante de ello es que durante la antesala a la crisis de 2008, la gente no apreciaba cuánta deuda se había acumulado en el sistema. Esto amplificó el dolor de las pérdidas, lo cual llevó a un congelamiento de los mercados de deuda y abrió un gran agujero en los balances de los bancos.

La economía y el sistema financiero estadounidense han cambiado. Principalmente, las relaciones de endeudamiento dentro de EEUU no son tan altas si no se toma en cuenta la deuda pública.

A finales de 2007 las familias se encontraban en el epicentro de la crisis hipotecaria, cuya deuda equivalía al 130% de sus ingresos, según los datos de la Reserva Federal. El tercer trimestre del año pasado esa cifra había caído a 103%.

Además, gracias en gran parte a las tasas de interés súper bajas, los hogares ahora destinan 15,3% de sus ingresos a pagar deudas y otras obligaciones financieras, frente al 18,1% en 2007.

De igual manera, los bancos estadounidenses están en una posición mucho mejor para absorber las pérdidas de la crisis financiera. Las 31 instituciones financieras que se sometieron a las "pruebas de resistencia" más recientes llevadas a cabo por la Fed tenían 1,1 billones de dólares en acciones comunes a finales de 2014, frente a US$459.000 millones a principios de 2009. El ratio de capital común, que mide la relación entre la protección de los bancos en relación con los activos ponderados por riesgo, era de 12,5% a finales de 2014. Esto es más del doble de la proporción de 5,5% del primer trimestre de 2009.

Hay áreas en las que la deuda preocupa. La deuda del gobierno estadounidense correspondía a un 101% del PIB en el tercer trimestre de 2015, frente al 63 % a finales de 2007.

La misma observación es válida para otras grandes zonas de todo el mundo, como la Unión Europea, Japón y China.

China es, precisamente, la gran incógnita. Incurrió en una gran deuda para estimular su economía, lo que llevó a un serio excedente en todo, desde fábricas hasta apartamentos de lujo. El parón de este frenesí es una de las causas de las actuales turbulencias en los mercados.

Un aterrizaje forzoso de China repercutiría en el resto del mundo de una forma aún desconocida. El problema más serio de la economía estadounidense es, probablemente, el efecto de la debilidad inducida por la presión sobre las economías internacionales. Los declives en los precios de las importaciones enfriarán más una inflación que la Fed ya considera excesivamente baja.

Además, a diferencia de 1998, cuando la Fed recortó su tasa de interés de referencia en un 0,75% como parte de sus esfuerzos para calmar los mercados financieros, el banco central estadounidense cuenta con poco margen para reducir los intereses. Para estimular a la economía tendría que volver a recurrir a políticas poco convencionales, que no son igual de efectivas.

Otra área de preocupación es la cantidad de créditos denominados en dólares que han sido extendidos a instituciones no bancarias fuera de EE.UU., como la emisión de bonos en dólares por parte de las empresas. Los créditos sumaron 9,8 billones de dólares a mediados del año pasado, frente a los 5,3 billones a finales de 2007, según el Banco de Pagos Internacionales.

La combinación de un dólar más fuerte, el debilitamiento de la demanda y, en casos como los de los commodities, una caída de precios complica el pago de aquella deuda. El incremento de los préstamos extranjeros han sido impulsados por los bancos no estadounidenses e inversionistas en bonos.

Las chispas que encendieron la hoguera actual del mercado, como el desplome de los precios del petróleo, son comprendidas. Los mercados ya han pasado por esta situación en otras ocasiones. Finalmente estos llevan a una destrucción del suministro, lo cual devuelve el equilibrio a los mercados y estabiliza los precios. En cambio, en 2008 y 2009, uno de los mayores problemas era que los inversores no entendían lo que estaba sucediendo, tampoco conocían que tipo de productos eran los que estaban colapsando el mercado.

Por ahora, la tormenta no parece tener la fuerza de un cataclismo. Después de 2008, muchos inversores han temido que cada episodio en los mercados sea otro cisne negro. Deberían recordar que también hay cisnes blancos.

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