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Doughnut Economics es el nombre con que la economista Kate Raworth bautizó el modelo que dice da respuesta al dilema de la humanidad

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Berlín, Curacao, Brasilia, Londres, Madrid. Solo en las últimas dos semanas, organizaciones civiles han convocado a eventos en estas ciudades con el mismo fin: aprender cómo aplicar el modelo de desarrollo de la dona en sus ciudades.

Doughnut Economics es el nombre con que la economista y profesora de Oxford Kate Raworth bautizó el modelo que -afirma- da respuesta al dilema de la humanidad en el siglo XXI: mejorar las condiciones de vida de las personas sin agotar, o incluso regenerando, los recursos naturales.

Raworth esbozó su modelo por primera vez en un reporte elaborado para Oxfam en 2012. Cinco años después lo presentó oficialmente en su libro: Doughnut Economics: Seven ways to think like a 21st century economist. Pero fueron las protestas contra el cambio climático (o la falta de acción de los gobiernos al respecto) y finalmente la pandemia las que generaron las condiciones para que su propuesta ganara adeptos aceleradamente.

“La pandemia nos mostró que no somos resilientes, en lo absoluto, y que necesitamos avanzar hacia una transformación”, afirma a Dfmas Laure Malchair, directora de Confluences, organización sin fines de lucro que trabaja con el gobierno de Bruselas para implementar “la dona” en esa ciudad.

La capital belga es la segunda ciudad europea en adoptar oficialmente el modelo. En abril pasado, y con la asesoría directa de Raworth, Amsterdam presentó su estrategia para convertirse a 2050 en una economía circular: “socialmente justa y segura ecológicamente”. Copenhague comenzó recientemente a trabajar en un plan en la misma línea, y que su gobierno local espera presentar a fin de año.

En el modelo de Raworth, el contorno externo del círculo corresponde a los límites de los recursos naturales, el contorno interno es el piso mínimo de necesidades por satisfacer (salud, alimentación, energía. El espacio entre esos dos círculos es en palabras de su autora: “el espacio seguro y justo en el que toda la humanidad puede prosperar”.

El diseño de esta dona en la práctica supone cambios en numerosas políticas públicas. En el caso de Ámsterdam, el primer paso es un plan a cinco años, en el que se incluyen medidas concretas como la promoción desde el gobierno de la ciudad de alimentos y productos producidos localmente, la implementación de programas para reparar muebles y equipos, en lugar de reponer; el uso de materiales reciclados (madera, cemento, etc…) en la construcción de edificios e infraestructura pública; y la promoción de plataformas de trueque, venta de productos de segunda mano y alquiler de vehículos y electrodomésticos.

Malchair explica que en el caso de Bruselas el diagnóstico de cuál es el estado actual de la ciudad y qué políticas se pueden adoptar se presentará en abril 2021. El plan, adelanta, involucrará no solo al gobierno, sino al sector privado y comunidades. “El apoyo político es importante, pero este es un cambio, una transformación que debe involucrar a todos. No se trata solo de reutilizar, de reciclar, sino, por ejemplo, a la hora de construir preguntarse de dónde vienen los materiales, a la hora de que los retailers en Bruselas vendan una polera, se pregunten de dónde viene, en qué condiciones fue fabricada”, agrega Malchair.

Un cambio radical
El modelo que propone Raworth va más allá de adoptar políticas como el cambio de la matriz energética a favor de fuente renovables no convencionales. Medidas que se estudian en Ámsterdam o Bruselas podrían tener impacto en otros países. Un ejemplo es que se propone que se bloquee el ingreso a esas ciudades de productos que no cuenten con una certificación de buenas prácticas laborales.

Lo que la teoría de la dona propone es un cambio radical en cómo nos comportamos como sociedad. “La verdadera fuente de estrés en el planeta es el uso excesivo de recursos por parte del 10% de las personas más ricas del mundo, respaldado por las aspiraciones de una clase media mundial en rápido crecimiento que busca emular esos estilos de vida insostenibles. Aquí es donde debe comenzar una profunda transformación”, suele repetir Raworth.

Su teoría contempla que consumamos menos, y que aceptemos que nuestras economías crezcan menos, o incluso no crezcan. La economista reconoce que esto no es fácil, pues rompe con el paradigma que dominó en el siglo XX de que el crecimiento económico es la respuesta. En su lugar, Raworth sostiene que la distribución de recursos debe ser objeto de políticas directas del estado. En su “dona” original, Raworth incluye también un ingreso mínimo, trabajo, igualdad social y de género, entre los factores mínimos por cubrir.

No es la única en proponer un cambio. La crisis originada por la pandemia ha llevado a que surjan más voces que piden revisar el rol del Estado, de las empresas, del capitalismo. Pero de todas esas voces, es el modelo propuesto por Raworth el de mayor alcance.

Eso puede explicar que su teoría haya sido incluida formalmente como una línea de pensamiento económico en la última edición del libro de texto de Economía, que edita la Oxford University Press. Además, para promover su adopción, desde fines de septiembre está en línea el Doughnuts Economics Action Lab, una plataforma en línea para quienes quieran aprender o replicar esta estrategia en sus ciudades. En apenas ocho días, casi 2.000 personas se han unido a la plataforma, dos de ellas en Chile.

Las premisas y objetivos de la teoría de Raworth son indiscutiblemente deseables. Sin embargo, hay preguntas por resolver. Si consumimos menos, ¿cuál será la fuente de ingresos de países dedicados a la manufactura y la exportación de materias primas (Chile entre ellos)? ¿Cómo generarán los países en desarrollo y los de bajos ingresos suficientes recursos para mejorar las condiciones de vida de sus crecientes poblaciones? ¿Se debe limitar, entonces, las aspiraciones de consumo (no solo de bienes, pero de servicios como viajes) de la creciente clase media en los países en desarrollo? ¿Es esa limitación justa moral y socialmente?

Raworth ha reconocido que su modelo no ofrece todas las respuestas, y que se basa en un ideal de persona altruista, colaborativa, y en lo absoluto individualista. A pesar de lo grande del desafío, sugiere que el siglo XXI nos demanda buscar nuevas respuestas, aunque estas desafíen los paradigmas.