viernes, 14 de abril de 2017
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Ripe

Dentro, en la penumbra y rodeado de recuerdos nazis y coloniales, Pérez, de 65 años, asegura que le gusta "provocar a los [turistas] burgueses bohemios", que vienen a conocer la ciudad francesa de extrema derecha. Los "hípsters", liberales de las grandes ciudades, no se dan cuenta de que "Francia está siendo colonizada", advierte. "No soy racista, pero veo a esta gente [musulmanes], que se relacionan entre ellos, que no quieren integrarse. El islam es una religión de poder. Tenemos que iniciar la resistencia".

Bajo la apariencia tranquila de Béziers, crece la intranquilidad. La población de 75.000 habitantes, ubicada en la costa mediterránea entre las ciudades de Tolouse y Montpellier, fue un centro económico dinámico hasta que su industria vinícola empezó a decaer en la década de 1970. Hoy, uno de cada cinco adultos en edad de trabajar está parado, el doble de la media nacional. La ciudad padece uno de los mayores índices de desigualdad salarial de Francia. Sus residentes más pobres sufrieron la segunda mayor caída de los ingresos durante la crisis financiera, según el centro de investigación Observatoire des Inégalités.

Béziers es un símbolo de la "Francia periférica", un término acuñado por el geógrafo francés Christophe Guilluy para describir los bastiones industriales, los suburbios y las zonas rurales que se sienten abandonados por el Gobierno central y el establishment de París. En estos territorios desilusionados se está produciendo una contrarrevolución de derechas, que tiene sus raíces en la preocupación por la identidad francesa. En Béziers, como en el resto de la nación, el miedo a que desaparezca el estilo de vida francés se ha traducido en una creciente opinión contraria al islam, y en un apoyo cada vez mayor al partido político que lo ha explotado: el Frente Nacional de ultraderecha. Se prevé que su líder, Marine Le Pen pase a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el 7 de mayo. El auge del populismo en Europa impide descartar una victoria de Le Pen.

Robert Ménard, el alcalde responsable de giro a la extrema derecha de Béziers, toma un té en una cafetería de La Devèze, un barrio pobre al este de la población. Hace un gesto en dirección a los clientes magrebíes exclusivamente varones para poner de relieve un inminente conflicto de civilizaciones. 

"Mire a su alrededor, hace 30 años no era así", afirma el político de 63 años, que vivió en esta parte de Béziers durante su adolescencia: su familia de origen alsaciano se estableció en Argelia y posteriormente volvió a Francia cuando tenía nueve años. "La población está cambiando, es un hecho, y un hecho que no me gusta. Así será Francia en 20 años", advierte, añadiendo: "Las minorías nunca son un problema mientras sigan siendo minorías".

Con el apoyo oficial del FN -con el que comparte muchas ideas pero del que no es miembro- Ménard fue elegido alcalde en 2014 con el 47% de los votos, superando a los candidatos republicano y socialista. Cree en el "gran reemplazo", una teoría que prospera en los círculos de extrema-derecha, que afirma que la clase media blanca francesa se está viendo reemplazada por poblaciones del norte de África (los ciudadanos musulmanes franceses sumaban 5 millones en 2010, menos de un 10% de la población total, según los cálculos de Pew Research Center). Con esta idea en mente y una agenda que prioriza la ley y el orden, Ménard ha convertido Béziers en un laboratorio para experimentar con estrategias de extrema derecha. Pero también alberga una ambición aún mayor: demostrar a Le Pen que la única forma de alcanzar la presidencia es juntar a la derecha tradicional con la extrema derecha, como hizo en su población.

Durante dos décadas, Béziers sufrió un declive económico bajo el mandato del alcalde de centro derecha Raymond Couderc. Ménard, un periodista que aparecía habitualmente en televisión, hizo una enérgica campaña como independiente con un plan para revitalizar el centro histórico y acabar con los delitos menores. Consiguió atraer a muchos miembros del equipo del anterior alcalde, que escogieron al carismático Ménard frente al heredero designado por Couderc y candidato oficial republicano. Esto permitió a Ménard captar no sólo a los votantes del FN, sino también a un electorado de derechas más moderado.

Como alcalde, Ménard se ha inclinado más hacia la extrema derecha -término que rebate afirmando que es la "verdadera" derecha- mezclando duras medidas para mantener la ley y el orden con eslóganes grandilocuentes y agresivas relaciones públicas. Acepta que es un "populista" ("respeto a las personas, intento describir las cosas con el lenguaje del día a día") que libera una guerra contra un "intelectualismo liberal de izquierdas que odia a Francia" y que supuestamente es el responsable de los problemas del país. Como católico practicante, ha intentado devolver las tradiciones cristianas al primer plano.

Políticas drásticas

Armó a la policía local, pegando carteles de pistolas por toda la población con la advertencia: "Béziers tiene un nuevo amigo". Los tribunales locales evitaron que crease una milicia local, pero consiguió impedir que se tendiese ropa a la vista de todos en el centro histórico -un hábito de los residentes magrebíes-. Causó sorpresa cuando trató de imponer un toque de queda para los menores, y provocó el enfado con un boletín semanal que mostraba a inmigrantes de Oriente Próximo subiendo a un tren con el titular: "¡Ya vienen!". Afronta demandas por manifestar en TV que dos tercios de los estudiantes de primaria de Béziers eran musulmanes (en Francia está prohibido recopilar estadísticas sobre religiones y etnias).

La población de Béziers aplaude en su mayoría a Ménard, y ve con buenos ojos la atención que generan. "El centro de la ciudad estaba muriendo, había vagabundos y perros abandonados. Al menos la gente habla [de esta ciudad]. Antes de él, nadie hablaba de Béziers", dice Sabine Gély, una simpatizante del FN. 

Pero no todos dentro de su administración están satisfechos con el estilo de Ménard. Valérie Gonthier, una concejal que se había unido a su campaña, dimitió en noviembre porque estaba en desacuerdo con la "deriva ideológica" del alcalde. Algunos críticos señalan que la mayoría de las medidas de Ménard no justificaban toda la atención que recibieron de los medios de comunicación nacionales. Cerca del 40% de la policía local de Francia ya va armada. Sus políticas para imponer un toque de queda a los menores han sido aplicadas por otras ciudades para frenar los pequeños delitos (los grupos de defensa de los derechos humanos que intentaron parar la política de Ménard en los tribunales perdieron su apelación el mes pasado).

"Ménard está haciendo su trabajo", afirma Arnaud Gauthier, un periodista del diario local Midi Libre que ha tenido enfrentamientos frecuentes con el alcalde. "Pero también está liderando una batalla cultural. Cuanto mayor es su popularidad, más presiona los límites de lo que se puede decir o hacer, como en el caso de sus declaraciones sobre los niños musulmanes. Quiere derribar las barreras mentales".

La victoria de Ménard en 2014 coincidió con el aumento del apoyo local al FN. En las elecciones presidenciales de 2012, uno de cada cuatro votantes de Béziers apoyó al partido. Dos años más tarde, un tercio de la población votó al FN en las elecciones al Parlamento Europeo. Y, en las elecciones locales de 2015, el partido de ultraderecha consiguió el 48% de los votos.

Fuerza en el sur

El FN cuenta con un gran respaldo al sur de Francia, especialmente entre los "pied-noir", los ciudadanos franceses que se vieron obligados a abandonar Argelia cuando consiguió la independencia en 1962. El fundador del partido, Jean-Marie Le Pen, luchó en la guerra de Argelia y comparte con los pied-noir el resentimiento contra el presidente Charles de Gaulle por negociar la independencia del país que había sido colonia de Francia durante 132 años. 

Ménard recuerda cómo su familia tuvo que abandonar su ciudad natal de Orán, en Argelia. En Béziers, su vida se llenó de humillaciones por ser un pied-noir. En la escuela, al joven Robert Ménard le llamaban "sucio árabe". La familia llegaba a fin de mes vendiendo las tartas de su madre. Hablaban de Argelia todo el tiempo. Como muchos otros estudiantes, tras las manifestaciones de mayo de 1968 en Francia, Ménard se hizo trotskista. Como fundador de Reporteros Sin Fronteras, un grupo activista que defiende la libertad de expresión, escaló la catedral de Notre Dame para desplegar una pancarta contra el régimen autoritario de Pekín.

En los años 60, cuando empezaron a llegar los primeros ciudadanos a La Devèze (en especial, trabajadores marroquíes y pied-noir), muy pocas personas hablaban árabe en público y las mujeres no llevaban velo por la calle. En la actualidad, los 9.000 habitantes son en su mayoría familias marroquíes que trabajan en los viñedos y las granjas cercanos a la ciudad. Sin embargo, la inseguridad se ha apoderado de las calles. Por este motivo, muchos ciudadanos decidieron votar a Ménard. 

Como el resto de ciudades del sur de Francia, Béziers no es inmune a la amenaza islamista, declara Aziz El-Mahi, un abogado de 37 años nacido en La Devèze. En 2001, una semana antes de los ataques del 11-S, Safir Bghioua, un joven radicalizado de 25 años que vivía en La Devèze, lanzó un misil contra una comisaría y mató a un agente con un Kalashnikov. En 2012, poco después de que Mohammed Merah asesinase a varios soldados y niños judíos en Toulouse, El-Mahi vio a jóvenes del barrio celebrando los atentados terroristas. "Parecían jóvenes fanáticos, completamente perdidos", asegura. Cuando era joven, los niños jugaban todos juntos al fútbol sin importar su origen. "Eso se ha terminado. Los ciudadanos adinerados envían a sus hijos a escuelas privadas, y los árabes crecen entre árabes", lamenta.

La política identitaria de Ménard ha vuelto a traer el catolicismo al primer plano. El alcalde cree que Francia debería reafirmar sus raíces cristianas sobre el islam para abordar "su crisis moral", y añade: "Las religiones no deberían tratarse por igual". El islamismo radical se extiende desde los suburbios. La clara hostilidad del alcalde entristece a El-Mahi, pero asegura que la mayoría de los musulmanes no prestan mucha atención a las provocaciones de Ménard.

La victoria de Le Pen en la segunda vuelta electoral dependerá de su capacidad para reunir al resto de partidos de derecha, opina el alcalde de Béziers. "Aunque sus ideas cada vez gozan de más apoyo, aún hay quien percibe a su partido como una amenaza. Sólo llegará al poder si cuenta con el respaldo de la derecha".

Desde que en 2011 sucedió a su padre, Le Pen ha tratado de normalizar el partido. Según Jérôme Jaffré, profesor del centro de investigación Sciences Po Cevipof, si pasa a la segunda vuelta electoral contra Emmanuel Macron, la candidata del partido de ultraderecha mostrará su interés por colaborar con los republicanos, cuyo candidato (François Fillon) se ha visto envuelto en un escándalo de malversación de fondos públicos. Mientras tanto, el electorado está unificando su voto. 

Cerca del 30% de los votantes del partido republicano respaldarán a Le Pen si pasa a la segunda vuelta contra Macron. Algunos políticos de ultraderecha como Ménard y Marion Maréchal-Le Pen, la sobrina de la candidata del FN, ayudarán a tender un puente entre los dos partidos. El catolicismo y la postura conservadora en temas sociales atraerán los votos de los republicanos que no están de acuerdo con otros puntos de vista de Le Pen.

Ménard cree que la posibilidad de que haya un "Frexit" es lo que echa para atrás a muchos republicanos. "La UE no es la responsable de todos los problemas de Francia", afirma el alcalde de Béziers. 

Sin embargo, el FN y la derecha tradicional han empezado a converger en materia de inmigración y de identidad nacional. En 2007, Sarkozy ya logró derrotar a la izquierda con una campaña centrada en temas sociales. "En la actualidad, hay muy poca diferencia entre un votante del Partido Republicano y uno del FN", declara Ménard. "La derecha gana la batalla de ideas".