sábado, 17 de agosto de 2013
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Marcela Escobar

Los paros y las manifestaciones del sector agropecuario han sido una constante durante este año. El 2013 empezó con las protestas de cuatro de los sectores más importantes del país –café, papa, arroz y cacao- y ha seguido con algodón, cebolla y ganadería.

Al margen de las interpretaciones que le dan los distintos analistas al origen de estas manifestaciones, las cuales van desde reconocer la difícil situación que está viviendo el campo en Colombia hasta el caldo de cultivo que se genera con la época electoral y las negociaciones en La Habana, lo cierto es que el modesto crecimiento del sector agropecuario, de alrededor de 2% desde 2001 cuando la economía está creciendo al 4%, es preocupante.

En los pobres resultados inciden una serie de factores que van desde la falta de una política agropecuaria de largo plazo, hasta los tradicionales problemas de infraestructura y logística, los efectos de la ola invernal de 2010 y 2011 en cultivos como la caña de azúcar, enfermedades como la pudrición del cogollo en la palma y, por supuesto, el comportamiento de los precios internacionales  de los productos agrícolas y la apertura del sector agropecuario con la firma de los tratados de libre comercio.

Entre 2000 y 2012, las áreas cosechadas solo crecieron en promedio 0,5%, en tanto que la producción agrícola, medida en toneladas, lo hizo en 0,9%. Estas cifras contrastan con el dinamismo de las importaciones agropecuarias y agroindustriales, que en valor aumentaron 12,1%, mientras que en volumen lo hicieron en 4,6%.

Sin embargo, al analizar por sectores, hay unos productos que en los últimos 10 años han tenido comportamientos superiores al promedio, como palma, maíz, arroz y azúcar. Estos sectores tienen en común que han sido beneficiarios de políticas que han impulsado su desarrollo, como el fondo de estabilización de precios y la franja andina de precios en el caso del azúcar, el Plan País Maíz, la franja de precios nacional para el arroz y las señales que se dieron en biocombustibles, que impulsaron el cultivo de palma. Otra característica es que son sectores que invierten fuertemente en desarrollo tecnológico, y donde el sector privado se ha preocupado por mejorar su productividad.

Aunque la coyuntura actual no es favorable para estas agroindustrias, más aún con los programas de desgravación firmados en los TLC, su comportamiento de la última década muestra el efecto positivo que tienen unas políticas de estímulo a un sector que, como el agropecuario, es clave para la seguridad alimentaria del   País y genera ingresos, tan solo en el caso de estas agroindustrias, para cerca de 2 millones de familias, y, en muchos casos, representa más del 60% del PIB de los municipios donde tienen influencia.

Azúcar, productividad ante todo

En medio de la difícil coyuntura que está viviendo la agroindustria de la caña en el suroccidente colombiano, la cual ya se ve reflejada en un estancamiento de la economía del Valle del Cauca, con  reducción en el primer trimestre de la producción y el empleo industrial de 8% y 4%, respectivamente,    el sector reconoce que hay dos instrumentos de política pública que han evitado que la crisis sea peor: el fondo de estabilización de precios y el sistema andino de franjas de precios.

El invierno de 2010 y 2011 golpeó fuertemente los cultivos, cuyo ciclo es de 14 meses. Esto ha hecho que tanto la producción como el rendimiento de los cultivos de caña disminuyan. Si bien se está empezando a recuperar, la producción llegó a caer a 2.1 millones de toneladas, frente al  promedio histórico de 2.4 millones.

A esto se suma la reducción en los precios internacionales y la revaluación. Según Asocaña, el precio promedio del azúcar blanco en el mercado internacional en el periodo enero-julio de 2013 se redujo 31,2% frente al promedio registrado frente al mismo periodo en 2013. En el caso del azúcar, debe destacarse que mientras el peso colombiano se ha revaluado durante los últimos tres años, la divisa de Brasil, principal productor y exportador mundial de azúcar, se ha devaluado fuertemente.

“Los ingresos de los cultivadores de la caña y de los ingenios azucareros se han deteriorado y eso afecta el ingreso de los trabajadores y de los municipios”, explica Luis Fernando Londoño, presidente a Asocaña. Y este efecto es como un dominó, porque la agroindustria de caña genera 188.000 empleos entre directos e indirectos, en 35 municipios de 5 departamentos. Teniendo en cuenta que el tamaño promedio de las familias es de 4 personas, lo que pase con el azúcar estaría afectando a unas 752.000 personas y, si se incluye todo el cluster de esta agroindustria, la cifra puede subir a un millón.

Sin embargo, gracias a los instrumentos de política pública, se ha evitado que se produzca una crisis como la de finales de los 90. “La adopción del fondo de estabilización de precios del azúcar ha permitido mitigar los efectos negativos de la destorcida mundial de precios, por lo que se ha podido conjugar la crisis que se vivió en 1999, cuando no existía este instrumento y la caída de los precios internacionales no sólo se reflejó rápidamente en los precios nacionales, sino que estos bajaron incluso más “, señala Londoño.

La inversión en investigación y desarrollo tecnológico del sector privado a través del Centro de Investigación de la Caña de Azúcar, Cenicaña, ha permitido aumentar la productividad de 60 a 125 toneladas de caña por hectárea al año en los últimos 30 años, y lanzar anualmente entre y 1 y 3 variedades adaptadas a las diversas zonas agroecológicas de los cinco departamentos.

El aumento en la productividad es clave para este sector, ya que el área sembrada no puede crecer debido a que la parte plana del valle geográfico del Cauca es limitada, y no es posible crecer dentro de los departamentos que la componen.

Maíz, por la autosuficiencia

El incremento en el precio internacional del maíz, que prácticamente se triplicó entre 2005 y 2013, unido a la empresarización del sector, las buenas prácticas agrícolas, las mejores calidades de las semillas,  y el Plan País Maíz, han sido determinantes para el rápido crecimiento de la producción nacional de este cereal. Mientras en el año 2000 se producían 480 mil toneladas, en 2012 la producción llegó a 1,8 millones de toneladas.  El mayor dinamismo se presentó en los últimos cuatro años, con tasas de crecimiento superiores al 20%.

Esta combinación de factores ha permitido que en maíz blanco, principal producto de consumo local (arepas, harinas, en general comida típica colombiana),  ya casi se alcance la autosuficiencia, al abastecer el 90% del consumo nacional frente al 66% del 2000, mientras que en otros cereales como trigo y cebada la producción nacional no llega al 5% del consumo local.

Además de los aportes a la seguridad alimentaria, el maíz genera beneficios para más de 400 mil familias, y su cultivo se encuentra presente en 31 de los 32 departamentos del país.

Pero si bien los programas del Plan País Maíz, como cobertura en precio internacional para mitigar posibles pérdidas por caídas en la cotización, incentivo al almacenamiento, apoyo a la comercialización, asistencia técnica, créditos especiales para infraestructura de postcosecha y seguros contra fenómenos climáticos, han apoyado el desarrollo de este sector, los compromisos adquiridos en los acuerdos comerciales con Mercosur, Estados Unidos y la Alianza Pacífico pueden frenar el dinamismo de esta agroindustria.

“La aplicación de los tratados comerciales genera  situaciones que perjudican al productor nacional, cuya estructura de costos de producción, precarias condiciones de infraestructura, déficit de vías, y falta de apoyo gubernamental, nos ponen en desventaja con los países con los que  firmamos los acuerdos. Existe evidencia para afirmar que la estructura de costos, asociadas a las escalas de producción, en países como Brasil y Argentina todavía son un 30% inferior a la que se enfrenta el productor nacional, poniéndolo en desventaja competitiva”, explica Fenalce. 

Arroz: estable pero en contrareloj

La decisión del gobierno de avalar una franja de precios nacional para el arroz  ha permitido que se estabilicen tanto los precios como las áreas sembradas de este cultivo. La medida, que se tomó en abril de este año, le puso fin al sube y baja tradicional de este sector, en el cual en un año de buenos precios se disparan las áreas sembradas, pero al siguiente, debido a la mayor oferta y la consiguiente caída de precios,  se siembra menos. Como consecuencia de esta montaña rusa, en los últimos 10 años el área cultivada de arroz se ha movido entre las 440.000 y las 490.000 hectáreas. “Ahora el agricultor sabe a qué atenerse, eso nos obliga a que se estabilicen el precio y las áreas”, señala Rafael Hernández, presidente de Fedearroz.

Aunque el sector ha hecho una inversión importante en investigación tecnológica, al punto que en los últimos 20 años ha lanzado al mercado 17 variedades de arroz, un proceso que tiene un costo aproximado entre $4.000 y $4.500 millones de pesos por variedad,  estos esfuerzos se han visto frenados por la carencia de tierra con distritos de riego. El arroz “es un Ferrari que no puede correr a más de 120 kilómetros porque la infraestructura no lo permite”, explica gráficamente Hernández.

A falta de distritos de riego, los cultivadores en los llanos están al vaivén del clima: cuando hay verano no tienen agua, cuando hay invierno no hay drenaje. Según cálculos de Fedearroz,  se podrían producir 200.000 toneladas adicionales de arroz de muy buena calidad si se incorpora riego a 100.000 hectáreas más, ya que actualmente solo 170.000 hectáreas se cultivan bajo este esquema.

Los acuerdos de libre comercio le imprimen una señal de urgencia a la implementación de políticas que permitan mejorar la competitividad del sector. Aunque hay 6 años de plazo con contingentes antes de desgravar el mercado, las importaciones ya pasaron a representar el 20% del mercado nacional, cuando tradicionalmente estaban en el 5%. 

De la actividad arrocera dependen 500.000 familias,  ubicadas en los 215 municipios donde se cultiva este cereal y, en muchos municipios, genera el 50% del empleo y del ingreso familiar.

Palma, a la espera de señales

El crecimiento de la agroindustria de palma  está directamente relacionado con dos factores: la decisión de Colombia de adoptar una política de biocombustibles y los favorables precios internacionales de los últimos años. De hecho, la evolución en la última década  ha sido tan positiva, que  este año la producción de aceite de palma superó el millón de toneladas.

Sin embargo,  el panorama empieza a ensombrecerse. La bonanza de precios se está estancando y no hay una señal clara del gobierno sobre cómo evolucionarán las mezclas de biocombustibles. Esto, adicionado a  brotes de inseguridad en Tumaco, el Catatumbo y los Llanos Orientales, y al papel de los empresarios en las zonas rurales y en el campo, está frenando las inversiones en el sector. “Antes la gente tenía afán de hacer cosas. Ahora se ve una inquietud alarmante y quienes tenían proyectos, los tienen congelados a la espera de señales…Necesitamos tener claridad sobre hacia dónde vamos”, explica Jens Mesa, presidente de Fedepalma.

Las opiniones

Luis Fernando Londoño
Presidente de Asocaña

“La adopción del fondo de estabilización de precios del azúcar ha permitido mitigar los efectos negativos de la destorcida mundial de los precios”.

Rafael Hernández
Presidente de Fedearroz

“El agricultor sabe a qué atenerse, eso nos obliga a que se estabilicen el precio. El arroz es un Ferrari que no puede correr a más de 120 km porque la infraestructura no lo permite”.

Jens Mesa
Presidente de Fedepalma

“Antes la gente tenía afán de hacer cosas. Ahora se ve una inquietud alarmante y quienes tenían proyectos, los tienen congelados a la espera de señales”.