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Analistas 02/04/2022

La cárcel de Colombia

Vicente Echandía
Diplomático

Es una crónica anunciada como muchas otras en este país. De tantas veces que se ha repetido, hasta podría pensarse que es un ritual. Hace una semana fue uno de los duros del crimen, un tal Matamba. Y unos días antes había sido otro, no se si menos duro, pero criminal igual, Carlos Mattos. La escena es la misma: un reconocido delincuente se escapa de la cárcel, o se destapan abusos que le son permitidos en su sitio de reclusión y se activa el mecanismo. Sacan al director de la cárcel donde se presenta la irregularidad y de paso salen del director del Instituto Nacional Penitenciario - Inpec.

No digo que no haya que sacarlos. Si fallaron y les queda grande la tarea, eso es parte de la respuesta. Lo que pasa es que, a estas alturas, uno ya sabe que quién entre al Inpec va a salir en medio de una escándalo mas pronto que tarde. Ahí estamos todos al acecho, esperando el momento en el que pase para expresar nuestra indignación, nuestra incredulidad frente a un hecho que no dudamos en calificar de espantoso. Y claro, señalamos responsables con una facilidad pasmosa y son ellos los que se tienen que ir. La cosa con el sistema carcelario en Colombia es que le queda grande a todos, por lo que el problema tal vez no tiene que ver con los directores sino con la labor.

No soy experto en política criminal ni carcelaria, pero hay cosas que están mal con el sistema y que saltan a la vista. El alto porcentaje de personas recluidas sin condena en firme, la sobre población carcelaria, la creciente proporción de manzanas podridas entre los guardias del Inpec o el bajísimo porcentaje de resocialización para quienes cumplen una condena, se suman a la odiosa discriminación entre cárceles de primera en pabellones especiales y las que son para el resto.

Con esos antecedentes, nunca he logrado saber si los funcionarios que designan para estos cargos están en el ocaso de sus carreras, van de salida o tienen enemigos que los quieren acabar. Tampoco es clara la motivación que los impulsa a aceptar ese quemadero. No se si creen que ellos solitos van a poder transformar el sistema penitenciario del país. Lo que sí es claro es que mucho futuro no tienen. Sabemos de antemano que van a fracasar, pero igual les exigimos una responsabilidad para la cual no se entregan ni las herramientas, ni los presupuestos, ni los conocimientos, ni el apoyo necesario. Solo esperamos que asuman el encargo y salven la situación.

Ahí es donde veo que la crisis del sistema carcelario desatada hace unas semanas por cuenta de Carlos Mattos y Matamba refleja una de las mayores tragedias de nuestro país. La casi que imposible tarea de concretar un esfuerzo colectivo. Con la cantidad de cosas que están desbarajustadas uno pensaría que la labor no debería ser difícil. Todo lo contrario. Nos gusta más culpar, señalar y responsabilizar a esos otros por lo que hacen mal, en cambio de reconocer que, en una sociedad funcional, todos los esfuerzos son colectivos.

Así se nos van los años, sin lograr avances importantes como nación, porque a punta de logros individuales no se obtienen los resultados que se necesitan para que todos estemos mejor. Es claro que este no es un problema que sólo existe en Colombia, pero nuestras condiciones si que lo exacerban.

Mientras tanto, en otros países, las sociedades entienden la importancia, no de pensar igual, pero sí de remar para el mismo lado en temas trascendentales. De a poquitos nos vamos quedando rezagados, pero tranquilos, porque en el tema carcelario como en tantos otros, estamos esperando para caerle encima al de turno.

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