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Gonzalo se fue sin despedirse. Lo recuerdo con afecto. No fue víctima inmediata del trágico terremoto que se llevó centenares de vidas en Pereira, pero sí del colapso de un sistema hospitalario que no pudo cuidarlo en medio de una emergencia sin precedentes. Conocí pocas personas con tanta bondad. Su voz me daba calma cuando él entraba a la casa de mis padres temprano en la mañana y me saludaba como lo hizo por más de 30 años, brindándome el confort de sentir la presencia de un ser humano íntegro y noble. Es otra cicatriz profunda que deja el 10 de agosto.
Como la partida de Gonzalo, el terremoto sigue golpeando mucho después de haber roto el concreto, levantado el polvo y dejado grietas en la ciudad. Seguimos llorando las pérdidas humanas, los destrozos materiales, las décadas de sacrificio que en menos de dos minutos se pulverizaron sin compasión. Las heridas tardarán mucho tiempo en sanar: son profundas y dolorosas.
Cada día que pasa es uno menos de atención mediática en un país donde las tragedias no faltan, donde la violencia nos sacude y las imágenes en redes sociales alimentan nuestra frustración y desesperanza. Pero la novedad, lamentablemente, no sana; solo distrae nuestra mirada. Las camas de urgencias siguen llenas, los colegios públicos siguen sin operar, el aeropuerto sigue sin abrir, y los comercios de miles de ciudadanos siguen cerrados. Empleos que desaparecen, pesos que no fluyen en la economía local, familias que se hunden en el miedo de un futuro incierto.
La ola de solidaridad en las primeras semanas ha sido inusitada. Los millones que se han recogido dan fe de una Colombia que sufre junta, que quiere sanar unida, y que llora a sus muertos. Pero esta emoción, como la marea, cederá. Otras noticias ocuparán las primeras planas de los periódicos, mientras que la destrucción en la ciudad no se esfumará, las heridas en el alma arderán, y serán los pereiranos quienes deberán reconstruir ladrillo a ladrillo sus calles y edificios, abrir los comercios, dar la mano a sus amigos, conocidos y también desconocidos.
Faltan años para que la ciudad deje de sollozar, para que los espacios hoy llenos de escombros renazcan como lugares donde los ciudadanos vivan con tranquilidad, donde el comercio fluya con optimismo y los niños jueguen en paz. Los pereiranos son gente pujante y cívica; pala y azadón en mano, reconstruirán la ciudad, y espero que el resto de los colombianos apoye el renacer. Que viajen al Eje Cafetero y disfruten de sus paisajes, que inviertan en proyectos inmobiliarios, que gasten en sus hoteles y restaurantes, que se rían con su gente amable.
Londres y Berlín fueron destrozadas durante la Segunda Guerra Mundial, y hoy son centros económicos globales. Hiroshima y Nagasaki fueron arrasadas por bombas nucleares, y hoy son ciudades donde sus habitantes viven feliz y cómodamente. Florencia perdió más de la mitad de su población durante la peste negra y después fue epicentro del Renacimiento. Espero que Pereira resurja entre los escombros, que el esfuerzo local y la inversión nacional permitan una transformación cultural, económica e intelectual. Que los medios no nos distraigan, que los muertos no sean en vano, que Gonzalo, desde la eternidad, vea a Pereira prosperar.
Hay edificios enteros que no se pueden mover por riesgo a que colapsen y produzcan más heridos pero su presencia es amenazante. Hay vidrios rotos colgando de ventanas por toda la ciudad